TOMO 2. CAPITULO 101. Una desaparición imposible
Logan
El abogado me mira con una expresión que no logro descifrar del todo. Siento un nudo en el estómago y algo parecido al pánico empieza a subir por mi pecho.
—¿Cómo que Liliana no está en la cárcel? —le pregunto, inclinándome hacia adelante o siento que de lo contrario voy a empezar a gritar.
No es que que me provoque ninguna satisfacción que esté ahí, pero es que no se me ocurre en qué otro lugar podría estar.
—Eso es lo que dicen los registros, señor —responde él con voz tensa—. Revisé dos veces. No aparece ni su nombre ni su expediente en el sistema.
—¿Qué significa eso? ¿La trasladaron? ¿Qué?
—No, señor. No es que la hayan trasladado, es que no está en ninguna parte. ¡Como si nunca hubiera estado ahí!
Las palabras me golpean como un puñetazo en el estómago. Esto no tiene sentido. Yo mismo la vi entrar a esa m*****a prisión.
—No puede ser —murmuro, aunque más para mí que para él—. Voy a ir yo mismo.
—Señor St. Jhon…
—Dije que voy a ir —gruño y él se aparta de mi camino porque en este momento no hay nada que me frene.
Antes de que pueda decir algo más, agarro las llaves de mi camioneta y salgo de la oficina como si el diablo me estuviera persiguiendo.
El trayecto hasta la cárcel es un borrón. Apenas recuerdo cómo llegué hasta aquí, pero menos de una hora después estoy frente al gobernador del penal, exigiendo respuestas.
—¿Cómo que no hay registro de Liliana Duque? —le digo, tratando de mantener la calma, aunque mi tono es todo menos calmado.
El hombre, un tipo gordo y sudoroso, parece incómodo con mi insistencia. Se pasa un pañuelo por la frente y responde:
—Señor, ya le dije, en nuestros registros no aparece ninguna Liliana Duque. Nadie con ese nombre ha ingresado jamás a esta prisión.
—¡Eso es mentira! Yo mismo la visité aquí. ¡Personalmente! —espeto y lo veo ponerse pálido.
—Lo entiendo, señor, pero los registros no mienten… y tampoco tenemos registros de que usted haya venido alguna vez.
Me quedo mudo por un instante, mientras me ahoga la comprensión de que algo muy turbio tiene que estar pasando.
—Las computadoras no son las únicas que tienen información —siseo—. Las guardias tienen que recordarla. Pregúnteles.
El gobernador suspira con impaciencia, pero hace llamar a las guardias que estaban de turno en los meses en que le digo que Liliana estuvo aquí. Pregunta tras pregunta no sirven para nada, hasta que una de ellas, una mujer de cabello corto y expresión severa, parece dudar cuando se le pregunta por Liliana.
—Sí la recuerdo —dice finalmente—. Estaba embarazada ¿No? —pregunta y yo asiento apresurado—. Estuvo muchas semanas en la enfermería, pero…
—¿Pero qué? —la interrumpo.
—Un día estaba y al siguiente ya no. Como si se hubiera evaporado.
—¿Qué significa eso? —pregunta el gobernador, frunciendo el ceño.
—No sé. Solo sé que no estaba, y luego me dijeron que no había expediente… La verdad elegí no incordiar con eso, a veces hay gente muy por encima que saca a alguien…
La respuesta me deja helado. No entiendo nada. ¿Cómo puede alguien simplemente desaparecer de una prisión?
Sin embargo no quiero hacer un escándalo aquí. Necesito entender qué está pasando antes de moverme, así que decido ir al siguiente lugar donde pueden tener respuestas: la fiscalía.

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