—Solo llama y que me traigan una pastilla para el mareo.
Sania hizo caso. No esperaba ver a Evaldo así de vulnerable.
En su cabeza, él siempre era el tipo de sonrisa juguetona, el que nunca dejaba claro qué estaba pensando.
Y ahora parecía… frágil, como un zorro que necesitaba que lo calmaran.
Un zorro, pero de los peligrosos.
A Sania se le trabó el corazón. Se le subió el color a la cara hasta las orejas. ¿De dónde le había salido pensar eso?
El personal del barco llevó la medicina. Sania ayudó a Evaldo a incorporarse para que se la tomara.
—No te vayas. ¿Te puedes quedar conmigo?
Después de tomarse la pastilla, el hombre la miró con ojos húmedos, sin parpadear. A Sania se le ablandó el pecho.
—Sí, no me voy. Duerme.
En medio de todo, todavía le dio un poco de caldo de pollo. Sania terminó cansadísima, y sin darse cuenta se quedó dormida recargada al borde de la cama.
Mientras tanto, el hombre que se suponía que estaba hecho polvo abrió los ojos y parpadeó con malicia.
-
Al día siguiente, Sania despertó por el calor.
Sintió que había pasado toda la noche aferrada a un calentador. Cuando abrió los ojos y vio el rostro guapo a centímetros, se le abrieron los ojos como platos.
¿Qué…? ¿Cómo había terminado en la cama?
Y la postura era demasiado íntima.
Su pierna estaba atrapada entre las dos piernas del hombre.
Y el brazo de él, como si el universo estuviera jugando, descansaba justo sobre su cintura.
Se veían como una pareja de verdad.
Sania contuvo el aire y, con dos dedos, intentó apartar la mano de su cintura. Pero el hombre soltó un quejido bajito y la abrazó más fuerte.
No. Si seguía así, se iba a armar.
Sania jaló con fuerza su pierna y, por fin, el hombre a su lado abrió los ojos hermosos.
—¿Sania? —la voz de la mañana le salió naturalmente ronca—. ¿Qué haces en mi cuarto?
Sania apretó los labios, le quitó el brazo de encima y se destapó para bajarse de la cama.
—¡Fíjese bien! ¡Este es mi cuarto!
Evaldo se frotó la frente, como si tratara de recordar.
—Perdón. ¿Ayer estabas cuidándome porque me mareé?


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