El chirrido de los frenos pareció atravesarle los oídos a Sania.
Ni siquiera sabía por qué estaba ahí. A un lado, parecía estar cerca de su escuela.
Sania miró el carro hecho pedazos: metal doblado, vidrios reventados… y dentro no se distinguía la cara de la persona.
Solo que los vidrios rotos le habían saltado a la cara al hombre, y estaba lleno de sangre.
Sania se incorporó de golpe, respirando con fuerza. Tenía la espalda empapada de sudor frío, la pijama pegada a la piel.
Se dio cuenta de que había sido una pesadilla, pero tan clara que parecía real.
Y esa cara del hombre, manchada de sangre… se le hacía conocida.
Afuera, la noche estaba oscura, pesada.
Sania pensó de pronto: en la época del accidente de Evaldo, ¿habría sentido que el cielo se le venía encima todos los días?
Le dolió el pecho, como un piquetito.
En ese momento, lo extrañó muchísimo. Quiso oír su voz.
Quiso saber cómo había sobrevivido solo esos años.
Desde que se casaron, era la primera vez que Sania sentía un deseo tan fuerte de hablarle. Y obedeciendo lo que sentía, marcó el número de Evaldo, que estaba en el sur.
El tono sonó tres veces y él contestó.
—¿Bueno? Sani, ¿pasó algo? —la voz, un poco ronca, delataba que lo había despertado.
Sania se abrazó las rodillas y se pegó el celular a la oreja.
—Evaldo… ¿cuándo regresas?
Tras un segundo de sorpresa, se oyó una risa baja desde su pecho.
—¿Me extrañas?
Tal vez por el susto del sueño, Sania no lo negó.
—Sí… un poquito.
—¿Un poquito? —Evaldo sonrió—. Entonces voy a tener que viajar más seguido, para que me extrañes más.
—Entonces, ¿cuándo regresas?
A Evaldo le dio un salto fuerte el corazón.
—Pasado mañana tengo vuelo a las cuatro de la tarde. A las seis y media aterrizo. Tú ve a la casa de la familia; mi papá nos llamó a cenar. Yo llego directo cuando baje del avión.
—No me vayas a recoger. Lautaro va por mí —agregó.
Sania hizo puchero, pero igual se hizo la desentendida.
—Yo ni dije que iba a ir.
Evaldo soltó una risita.
—Está bien, tú no dijiste nada. Yo soy el que se ilusiona solo, ¿te parece?
—Mi esposa, ya son las tres. Duérmete. ¿La trabajadora estrella mañana no trabaja?
Sania se recostó otra vez. La tranquilidad le volvió al cuerpo.

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