Cuando Tatiana despertó al día siguiente, descubrió que la empleada ya había movido toda su ropa del clóset al vestidor del cuarto principal.
No hacía falta adivinar de quién era la orden.
¿Debería felicitar a Teodoro por ser tan de “hacer y ya”?
Era sábado y se descansaba. Cuando Tatiana llegó al comedor, vio al hombre leyendo el periódico en la mesa.
Qué gusto tan a la antigua… hasta parecía de señor mayor.
Ni su abuelo leía el periódico ya.
Teodoro la vio salir, dejó el periódico y habló con calma:
—Ven a desayunar.
La empleada fue a calentarle la comida.
Tatiana no tenía costumbre de levantarse temprano, y menos con su trabajo, donde desvelarse era lo normal.
Antes de casarse todavía traía un proyecto pendiente; en unos días le tocaría seguirlo y volver a vivir de noche. Por eso, cuando podía descansar, se dormía como si no hubiera mañana.
—¿Hoy tienes tiempo? —preguntó Teodoro de pronto, mientras ella tomaba sopa.
—Mmm… ¿para qué? —respondió ella, con la voz un poco apagada por la cucharada.
—Ir al centro comercial. No sé tu medida. Todavía no compramos las argollas.
A Tatiana le parecía que eso era más de pareja enamorada, y ellos solo eran esposos por contrato, de esos que se ven bonitos por fuera y ya.
—Talla ocho. Ve tú a comprarlas.
Gracias, pero no quería ir.
La mirada de Teodoro bajó despacio hasta su mano. Sus dedos eran finos, sí.
—Si las elijo yo, capaz no te gustan. Vamos juntos. No te quito mucho tiempo.
Con eso, a Tatiana ya no le dio para negarse.
Cuando terminó de comer, se maquilló ligero, se puso un abrigo blanco de lana y fue a la entrada a ponerse los zapatos. Los dos bajaron al estacionamiento.
Teodoro, como buen caballero, le abrió la puerta del copiloto y luego se subió al volante. En media hora llegaron al centro comercial más grande.
Entraron a una joyería. Tatiana miró sin ganas los anillos en la vitrina, señaló uno al azar, uno no tan caro.
—Este.

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