Sania no supo que Marco había ido. Ni siquiera recordaba cómo se había quedado dormida; al despertar, Evaldo ya no estaba.
Agarró el celular y vio su mensaje.
[Hoy tengo una firma, termino como en la tarde. Al mediodía come en el restaurante del hotel o pide al cuarto. Esposa, espérame.]
Sania volvió a entender lo que era sentir el cuerpo hecho pedazos.
Pero esta vez, la que se lanzó fue ella.
Un impulso, y luego arrepentirse mil veces.
Ya eran las once. Tenía mucha hambre.
Quiso pedir comida al cuarto, pero al mirar alrededor se dio cuenta de que tenían que limpiar; si no, esa noche no se iba a poder ni estar ahí.
Así que Sania ordenó un poco, apretó el botón de limpieza y se fue directo a comer.
No eligió el restaurante del hotel. En una app buscó uno con buenas reseñas, frente al mar, y pidió una mesa en una esquina junto a la ventana para poder mirar el paisaje tranquila, sin que nadie la molestara.
Pero alguien no la iba a dejar en paz.
Marco casi de inmediato reconoció su espalda.
Se le endureció la mirada y caminó hacia ella, con pasos grandes.
Cuando Sania lo vio, se le enfrió la expresión.
—¿No te molesta si me siento? —preguntó, pero ni esperó respuesta: jaló la silla y se sentó.
Este hombre era como chicle pegado en el zapato.
—Sania, ¿todavía tienes ganas de sentarte a comer tan tranquila?
Marco soltó una risa de desprecio.
—¿Sabes que tu marido te engañó?
—Anoche, en el penthouse del hotel, subió con una mujer. Tú dirás… un hombre y una mujer solos en un cuarto, ¿qué puede pasar?
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