Sania se levantó.
—Ya que te encanta comerte lo que otros dejan, ahí te queda la mesa. Para ti.
Se dio la vuelta y se fue, sin importarle la cara del hombre detrás.
Le caían gotitas de agua del pelo hasta el cuello. Marco se rio de sí mismo, con amargura.
Sania le había dicho que le daba asco.
El mesero se acercó con duda.
—Señor, ¿le traigo una toalla?
Marco se levantó.
—No.
En sus ojos brilló algo frío. Iba a destapar las mentiras de Evaldo, como fuera.
Sania… cuando estés llorando y arrepentida, no digas que él no te avisó.
-
Cuando Sania volvió al hotel, el cuarto ya estaba impecable.
Como la noche anterior casi no había comido y además había pasado toda la mañana así, le dolía el estómago, bajito, como un tirón.
Se sentó y pidió servicio a la habitación.
Luego, sin querer, se quedó pensando en lo que Marco dijo. Ese año, en su cumpleaños, ella creyó que Marco iba a estar con ella. Lo esperó toda la noche y nunca pudo comunicarse; su celular no entraba.
A las 11:59, con el corazón hecho trizas, tiró el pastel.
Pero a las 12:00 vio que afuera de la casa alguien estaba lanzando fuegos artificiales.
En un día entero de tristeza, eso fue el único consuelo.
¿Cómo iba a ser Evaldo?
Evaldo no era así de ocioso, y tampoco podía saber que Marco estaba en Londres con Noa.
Ese episodio, Sania ni se lo mencionó a Evaldo.
No iba a dejar que Marco les arruinara el ánimo.
—¿Te quieres quedar a pasear unos días más? —preguntó Evaldo.
Sania negó con la cabeza.
—No. Hoy no se supone que regresamos a cenar, ¿no? Lo dijo papá. ¿Ya se te olvidó?
—Ah… —Evaldo se puso de malas—. ¡Viejo aguafiestas!
—Entonces hagamos checkout. Si no, en la noche, después de cenar, ¿vamos a tu hotel y rentamos un cuarto para probar?
Evaldo todavía se acordaba de lo de ayer.
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