Marco respondió con un sonido corto.
—El terreno que tu papá quería tanto… Evaldo se lo ganó antes.
Noa se quedó pensando.
¿Otra vez ese terreno?
Ella sabía perfecto de dónde venía todo eso. En su momento, su papá había querido empujar a Sania con Jairo Lenso para agarrar ese terreno que tenía la familia Lenso.
¿Y cómo era que ahora el terreno había terminado en manos de Evaldo?
A Noa se le ocurrió una idea atrevida. Si su padre había movido tanto lo de la boda de Sania… ¿no sería que el “matrimonio arreglado” del que nadie hablaba era con Evaldo?
Con solo pensarlo, se le fue el color de la cara.
Marco la miró, preocupado.
—Noa, ¿qué te pasa?
Noa volvió en sí y forzó una sonrisa.
—Nada, Marco. Es que estaba pensando cuántos vestidos quiero usar mañana.
Marco se rio bajito y le revolvió el cabello con cariño.
—Los que quieras. Si no alcanzamos en un día, tomamos fotos toda la semana, ¿sí?
Noa sonrió con dulzura.
El favoritismo de Marco le daba seguridad.
Claro. ¿Cómo iba Sania a casarse con Evaldo?
Aunque el Sr. Camoso fuera gay, tampoco iba a casarse con una Sania que, a ojos de muchos, no tenía nada.
Se había asustado de más. Por eso se le había ocurrido algo tan absurdo.
Mañana, cuando terminara de tomarse las fotos, le iba a contar a Sania lo feliz que era. Que le quedara clarito.
-
El crucero era tan grande que Sania andaba como si nunca hubiera visto algo así: se metió a recorrer hasta los rincones más escondidos.
Evaldo no se mostró impaciente; al contrario, se portó como un caballero y le fue explicando todo.
De pronto, Evaldo dio un traspié. Sania frunció el ceño y lo miró.
—¿Qué te pasa?


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