—De verdad tú… no te llenas nunca.
A Sania le ardían las mejillas.
—Estás diciendo tonterías. Suéltame. ¡Entonces me voy! ¿Ya? Me voy, listo.
—No. —Evaldo dejó de molestarla y le pegó la mejilla a la de ella, suave—. ¿Está bonito el paisaje de noche?
La noche ya se había tragado la ciudad. Las luces de neón pintaban el cielo de un gris con tono rosado.
De pronto, un estallido: los fuegos artificiales subieron y reventaron en el aire.
Sania se iluminó.
—¡Evaldo, mira los fuegos!
—Ajá. ¿Te gustan? Los mandé poner para ti. Para celebrar que hoy es nuestro primer día oficialmente juntos.
Sania volteó, sorprendida. No esperaba que él hubiera organizado hasta eso.
Sonrió un poquito.
—Sí, están hermosos.
—Aunque hoy fuiste tú la que se declaró primero… Sania, mi amor siempre va a ser un poquito más que el tuyo.
Él solo necesitaba que ella diera ese paso una vez. De ahí en adelante, cada paso lo daría él primero.
Con el ritmo de los fuegos afuera, de rápido a lento.
A Sania le ardían las orejas de una manera increíble.
Las uñas se le clavaron en la espalda de Evaldo y le marcaron una media luna roja.
Ella soltó un quejido ahogado, frunciendo el ceño.
Los fuegos artificiales, allá afuera, taparon su respiración entrecortada.
Con los ojos cerrados, las pestañas le proyectaron sombras en abanico. Los labios se le veían intensos, húmedos.
El cuerpo, que al principio estaba tenso, se le aflojó hasta sentirse como agua,
y los nervios le explotaron una y otra vez en un blanco deslumbrante.
Le pareció escuchar de nuevo, clarísimo:
“Te amo”.
Sania estaba tan cansada que ni podía abrir los ojos. Se dejó caer.
Evaldo le besó con suavidad la esquina del ojo y se rio bajito.

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