Cuando Sania entró al elevador privado del penthouse, abrazada por Evaldo, los besos le cayeron encima desde atrás, uno tras otro.
En el instante en que se cerraron las puertas, el mundo quedó partido en dos.
Evaldo le sostuvo la nuca con la palma para que no se pegara al frío del elevador. Con la otra mano pasó la tarjeta y marcó el último piso.
Sus labios, sensuales y precisos, la atraparon sin soltarla.
Sonó el timbre y el corazón de Sania se aceleró.
Había vivido veinticinco años siguiendo reglas. Y algo tan intenso y atrevido como esto… era la primera vez.
—Mmm…
—Evaldo… al cuarto.
Él curvó los labios, con esa mirada de canalla encantador.
—Va a tocar el cuarto.
Los pasos de los dos se enredaron, torpes, apurados, hasta que se escuchó un clic: Evaldo liberó una mano y abrió la puerta.
La luz que se encendió de golpe les hizo entrecerrar los ojos.
La piel de Sania, rosadita, desde las mejillas hasta detrás de las orejas y el cuello, se veía encendida.
Evaldo se le quedó viendo y se le apretó la mirada.
Profundizó todavía más el beso.
Sania, mareada por los besos, terminó con la espalda contra el espejo frío de cuerpo entero. Hasta las pestañas le temblaban.
Muchos sentidos que no podía controlar se le amplificaron de golpe.
El hilo de saliva entre los labios se rompió bajo la luz cálida del hotel.
Evaldo apoyó la frente en la de ella, respirando suave.
—¿Qué te gusta de mí?
Que Sania hubiera viajado desde tan lejos para declararse lo tenía lleno de emoción; quería confirmarlo una y otra vez.
—¿Mi cara guapa, mi cintura… o qué?
Sania mordió el labio, respirando agitada, y le puso los ojos en blanco sin pena.
—Evaldo, ¿no crees que te pasas de presumido?
—Pues presumido, pero te gusto, ¿no?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado