—¿Quieren ver un anillo de diamante también?
—No hace falta. El de diamante ya lo compramos —contestó Teodoro, tranquilo.
Tatiana se sorprendió.
—¿Y eso cuándo?
—Mi mamá lo eligió por nosotros. Mañana que vayamos a comer, lo recogemos.
Tatiana sabía que su suegra era una mujer de negocios, de las que mandan en la empresa. El grupo lo llevaba la hija menor.
Y, en cambio, el hijo mayor, igual que su papá, se dedicaba a la política.
Así que ese anillo, seguro, no iba a ser barato.
Tatiana no se negó; solo le impresionó lo detallista que era su suegra.
Entonces… ¿Teodoro sí sabía su talla?
Tatiana cayó en cuenta tarde: el hombre de enfrente la había engañado con toda calma.
Teodoro, en cambio, ni se inmutó. Tomó las bolsas.
—Vámonos.
Cuando salieron, las dos manos que llevaban a los costados se rozaron, y enseguida la de ella quedó atrapada en la de él.
Tatiana se frenó en seco, confundida.
Teodoro giró la cabeza con naturalidad.
—¿Qué?
Como si tomarle la mano a su esposa fuera ilegal.
Tatiana se sintió rara.
—Mira… no nos conocemos. Afuera se ve mal.
—Si la agarramos más, nos conocemos más. Taty, somos esposos.
Tatiana dejó de resistirse.
Además, si alguien los grababa y salía que ni de la mano se agarraban, sin boda todavía, luego iban a inventar que ya se estaban separando.
-
Por suerte, en esos días, aparte de tomarse de la mano, no hubo nada más cercano. Luego Tatiana se fue al proyecto: veinte días, con vuelo a la otra ciudad.
Y aun así, seguían sin tenerse en sus contactos.
Justo el día que ella se fue, Teodoro estaba trabajando hasta tarde.
—Dile que voy a estar fuera por trabajo. Regreso en veinte días —le dijo Tatiana a la empleada.
La empleada dudó.
—…Está bien. ¿Y si mejor se lo dice usted al señor?

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