El cielo, con un halo naranja, se fue hundiendo despacio hacia el horizonte.
El sol tiñó las nubes y le prendió destellos al mar, como si el agua se hubiera puesto una piel dorada.
Sania durmió toda la mañana para recuperar horas, y en la tarde el hombre la despertó para que se arreglara.
Resultó que el fotógrafo también iba en ese crucero. Evaldo dijo que primero iban a tomar una sesión en la cubierta.
Sania llevaba un vestido de novia de satén marfil, con una cola larga, parada en la cubierta del crucero.
La brisa del mar le levantaba el velo y los brillitos se movían con el viento.
Evaldo iba con un traje negro impecable. Se veía firme, derecho como un mástil, y su mirada profunda, mezclada con el atardecer, se le quedaba en la cara.
El fotógrafo, viendo a dos recién casados que parecían todavía medio extraños entre sí, empezó a dirigir:
—Novio, pon la mano en la cintura de la novia, por atrás.
Evaldo lo hizo.
Sania sintió el calor en la espalda y se le enderezó el cuerpo sin querer.
Evaldo miró con curiosidad a esa mujer tan sensible y sonrió apenas.
—Bien. ¡Ahora tú de espaldas a él!
Al mismo tiempo, un grupo de gaviotas cruzó el cielo rosado.
El fotógrafo disparó una ráfaga de fotos.
—¡Perfecto! Cambiamos: novia, quédate de espaldas sin moverte. Novio, ponte de lado mirando a la novia —siguió.
En los ojos de Evaldo se reflejaba con más claridad la figura delicada de ella.
Las gaviotas eran el fondo.
De pronto se le olvidó la cámara, se le olvidó todo alrededor, y se le fue la vista a los labios rosados de Sania.
Bajó la cabeza y la besó en la comisura.
No fue con deseo, sino con una ternura que se quedaba pegada.
El viento levantó el velo lleno de brillitos y lentejuelas, y junto con el mar, que también brillaba, todo se quedó resplandeciendo en silencio.
El fotógrafo siguió apretando el obturador.
—¡Excelente!
Sabía que esa pareja ya estaba agarrando ritmo.
Hasta que el sol terminó de ocultarse, el fotógrafo, a regañadientes, dio por cerrada la sesión.
—Listo, por hoy hasta aquí.

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