El aire se congeló de golpe. A todos se les erizó la piel.
Los jóvenes ricos que estaban acompañando se quedaron mudos, hasta respiraban más despacio.
Los dedos de Marco se encogieron sobre la mesa y luego se relajaron.
Levantó la mirada hacia el hombre que tenía enfrente, con los ojos oscuros.
Evaldo se recargó en el respaldo, como si estuviera en su casa. Se veía flojo, pero su mirada era una cuchilla fría, llena de desprecio.
A Marco se le movió la garganta.
—Parece que hoy el Sr. Camoso viene con ganas de pelea.
Evaldo se inclinó sin apuro y giró un poco la mesa, sirviéndose vino tinto.
El líquido rojo oscuro resbaló por el vidrio. Él agitó la copa con descaro.
—Habla, Marco. Eso de dar vueltas no sirve de nada.
Su mirada pasó por encima del borde de la copa y cayó en el rostro de Marco, que se le estaba endureciendo.
Evaldo soltó una risa corta.
—Además, no somos tan cercanos como para sentarnos a tomar y platicar.
Marco intentó sonreír, pero no le salió.
—Alejandro, mi futuro suegro… ¿en qué te ofendió?
—¿El terreno no lo arrebataste tú?
Evaldo se encogió de hombros, sin importancia.
—Sí, se lo quité. ¿Y?
—¿Porque es el terreno de tu suegro ya no puedo metérmele?
Marco soltó una risa mínima, sin calor.
—Evaldo, las cosas deberían tener lógica.
—Entonces… ¿puedo entender que en realidad estás molesto conmigo?
Evaldo miró el vino, dio un trago pequeño, como si solo estuviera resolviendo una tontería.
—No estoy molesto. Solo me cae mal tu futuro suegro… y tu futura esposa.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado