—¿Qué eliges? Eso ya es cosa tuya.
Soltó la amenaza y se fue de la casa.
Yuria se mordió el labio, buscó un número nuevo —uno que no estuviera bloqueado— y escribió un mensaje larguísimo. Se lo envió.
Ni ella sabía si Sania la perdonaría.
-
Sania vio el mensaje de ese número desconocido y lo leyó por encima, rápido.
Parecía muy sentido, pero al final eran puras palabras bonitas sin hechos.
Miró al hombre frente a ella en la mesa.
—¿Hoy fuiste a ver a mi mamá?
—No. —Evaldo, tranquilo, le separó unas espinas al pescado—. Alejandro vino a buscarme para “arreglar”. Le dije un par de cosas.
Por instinto, Sania supo que no era tan simple.
—¿Qué le hiciste al Grupo García? —preguntó, tanteando.
Evaldo habló como si nada.
—Nada del otro mundo. Solo le quité un terreno que traía entre ceja y ceja.
Sania se quedó sin saber qué decir.
No se atrevía ni a preguntar cuánto valía un terreno así.
Pero no pudo evitarlo.
—¿Lo hiciste… solo para desquitarte por mí?
—Sí. —Evaldo sonrió apenas—. Solo para desquitarme por ti.
Sania no entendía a este esposo “de mentira”. Se sentía conmovida, sí… y también sacudida.
Pero él… ¿no decía que le gustaban los hombres?
—Sr. Camoso, ¿por qué eres tan bueno conmigo?
Evaldo alzó una ceja, indiferente.
—¿Eso te parece “ser bueno”?
—Sra. Camoso, endereza la espalda. No me hagas quedar mal.
Algo se le apretó a Sania en el pecho; le brillaron los ojos.
—Gracias.
—No hay de qué.
Evaldo miró el celular y soltó un resoplido.
—Ya llegó otro a hablar por ellos.
—¿Quién?


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