Esa frase hizo que Sania se atragantara y empezara a toser con fuerza. Mientras más tosía, más roja se ponía.
Evaldo sacó un pañuelo del bolsillo para dárselo, pero ella se lo apartó de un manotazo.
Él se quedó un segundo quieto, y la sonrisa se le fue borrando.
Sania se dio cuenta de que había reaccionado demasiado fuerte y se apresuró a disculparse.
—Perdón… no lo hice a propósito…
—No pasa nada —dijo Evaldo, frío—. Se entiende. Que te bese un gay… a cualquiera le daría asco, ¿no?
—Pero tranquila. Yo me hago chequeos todos los años. Estoy sano. No tienes por qué… despreciarme así.
Sania se quedó sin palabras.
Quiso explicar, pero él metió el pie al acelerador y salió del asilo.
Marco acababa de terminar una reunión. Había tomado un poco. Se aflojó la corbata y se masajeó la frente.
La ventana iba a la mitad, y el viento le pegaba en la cara, bajándole un poco el calor y la irritación.
Ni él sabía qué le pasaba: cada vez que estaba solo, se le venía a la cabeza la cara limpia, blanca, tranquila de Sania.
No era de esas bellezas que deslumbran… pero mientras más la mirabas, más paz te daba.
Marco jamás pensó que alguien así se metería en su vida sin hacer ruido. Y ahora que ya no estaba, él lo notaba… y le incomodaba.
¿De verdad se había casado?
El Bentley negro se fue metiendo al tráfico y los carros le pasaban uno tras otro.
Hasta que un Bugatti morado, llamativo como pecado, le cruzó por un lado. Marco entrecerró los ojos de golpe.
Ese Bugatti… el que acababa de pasar volando… ¡parecía el de Evaldo!
Ese color no se confundía: en todo el país solo había uno así, y estaba a su nombre.
Y en el asiento del copiloto… parecía ir una mujer.
Marco había escuchado rumores de que Evaldo se iba a casar por conveniencia. Entonces, ¿la que iba ahí era su prometida?
Evaldo casi se fue pegado al límite de velocidad hasta llegar a la mansión.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado