Evaldo la acomodó con cuidado en la cama.
—Perdón. No debí manejar rápido. No lo vuelvo a hacer.
—Le voy a decir a Lucía que te prepare un caldito de pollo.
Salió del cuarto, pero al rato regresó con una cajita de medicina.
—Le pregunté a un doctor. Me dijo que esto te puede ayudar con el malestar.
Puso las pastillas en la palma y le acercó un vaso de agua.
—¿Quieres que te las dé yo?
Sania apretó los labios, tomó las pastillas de su mano, se las echó a la boca, bebió agua y tragó.
—Gracias.
Evaldo no se fue. Se quedó mirándola. Sus ojos, oscuros y pesados, no se movían de su cara.
A Sania se le hizo incómodo.
Tosió suave.
—Quiero descansar.
Bajó la mirada, evitando esos ojos, y murmuró, explicándose:
—No era que me dieras asco… es solo que hoy… ese fue mi primer beso.
La mandíbula de Evaldo, que estaba tensa, se relajó.
Apoyó una mano al lado de la cama, inclinándose un poco. La sonrisa se le marcó más, y la mirada se le puso profunda, oscura.
—Qué casualidad… el mío también.
-
Al día siguiente, Sania despertó con las mejillas todavía calientes, tapándose la cara.
No entendía qué quiso decir Evaldo con eso de que “Qué casualidad… el mío también”.
¿Quería decir que el tipo, con fama de mujeriego y de cambiar de “novios” a cada rato, en realidad era puro romanticismo?
Sania no le creía ni una palabra.
Justo entonces, Tatiana Casas la invitó a ir de compras, y Sania aceptó. No quería quedarse encerrada en la casa.
—Sani, lo de la otra vez… perdón. Para compensarte, escoge una bolsa, ¿sí? Si no, de verdad no me quedo tranquila.
Sania sonrió, resignada.


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