Pero ese nivel de cercanía no terminó de tranquilizar a la señora.
Brenda no le dio vueltas.
—Evaldo, eres un buen muchacho. La primera vez que te vi, me caíste muy bien. Pero acabo de escuchar algo… ¿que a ti te gustan los hombres?
—Entonces, ¿por qué te casaste con mi nieta?
El aire se puso pesado al instante.
Sania, a un lado, se quedó pálida.
Evaldo entendió de golpe: ahí estaba el problema.
—Parece que no he sido lo suficientemente claro —dijo con una risa suave, con un tono juguetón.
La mano que tenía sobre el hombro de Sania se deslizó hacia su mejilla. Con dos dedos le levantó el mentón, y ante la mirada atónita de ella, se inclinó y la besó.
El beso de Evaldo fue firme, imposible de esquivar, y no se quedó en un roce rápido.
Sania, por lo inesperado, apretó los dientes como defensa… pero al segundo él los separó con la punta de la lengua, y el calor entre sus labios la hizo temblar.
Sania se quedó rígida, cerró los ojos sin poder evitarlo, y de pronto todo se le amplificó: el aliento, el pulso, el olor frío y limpio que él traía encima, como madera y aire helado.
Cuando terminó, Evaldo se apartó apenas, y su pulgar siguió recorriendo la mejilla enrojecida de ella.
Luego miró a Brenda, con una sonrisa justa.
—Abuela, ¿todavía cree que me gustan los hombres?
La luz del atardecer le cortó el perfil, y el anillo plateado brilló un segundo, naranja, bajo el sol.
La forma en que Evaldo la miraba, con una posesión tan evidente, hizo que Sania se quedara confundida por un instante.
Brenda se quedó quieta… y por fin sonrió, aliviada.
—Evaldo, no es que yo no te crea. Pero Sani es muy inocente… me da miedo que alguien se aproveche de ella.

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