Después de amenazar a Ramona la última vez, León se regresó.
No le preocupaba en lo más mínimo que Ramona fuera a acusarlo.
Al principio, Ramona aceptó las condiciones que él le puso y por eso se acercó a Roque. Luego, por alguna razón, ella se alejó de Roque. Pero entre una cosa y otra pasaron siete años completos. Aunque ese niño fuera de Ramona y de Roque, eso no borraba el abismo que se había formado entre ellos.
Con esos siete años encima, León también se había calmado. Incluso dejó de pensar en hacerle la vida imposible a Roque.
La verdad era que la distancia entre él y Roque se había vuelto enorme, al nivel de que a Roque ya solo se le miraba desde abajo.
Que León asistiera a la boda de Roque también era una forma de tenderle la mano.
En su mundo, los contactos y las alianzas valían más que cualquier otra cosa.
—Jefe.
La secretaria tocó la puerta y lo sacó de sus pensamientos.
—El desarrollador de Ciudad del Sol quiere verlo.
León mantuvo la cara tranquila.
—En un rato tengo junta. No tengo tiempo.
—Ya se lo dije, pero… él dice que en la noche quiere invitarlo a tomar un té.
León lo pensó un momento.
—Que te mande la dirección. Ya veré si voy o no.
Esa noche, a las siete, León apareció solo en una casa de té escondida en un callejón.
Álex Rivera ya lo estaba esperando.
—¡Jefe, por fin llegó! Ya me estaba preocupando que no viniera.
León no cambió el gesto. Entró con él al privado.
Álex era colmilludo. Esa noche no iba a mencionar nada que no le convenía.
Pero se enteró de que la hija de León quería irse a estudiar al extranjero.
—Jefe, ¿Pilar ya casi cumple dieciocho, no? La última vez que la vi fue hace dos años.
Se acercó con tono familiar.
—Yo creo que Pilar tiene perfil para irse afuera. Justo conozco gente que mueve esas cosas… se puede arreglar lo de la universidad y los trámites.

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