El objetivo de ellos, por ahora, era solo León. No iban a meterse con su familia todavía.
—De acuerdo.
Así, León fue llevado.
La esposa de León hizo un esfuerzo enorme por no desmoronarse.
—Hija… ahorita mamá te lleva al aeropuerto, pero ya no voy a poder acompañarte fuera del país. No nos busques. Habla con tu tío. No te preocupes por nosotros.
La niña nunca había visto algo así.
—¿Mamá… a papá no le va a pasar nada?
Ella no supo qué responder.
Pero la esposa de León siempre lo escuchaba hablar de un colega: alguien muy pesado, el único que podía ayudar a su esposo.
Hace poco incluso había ido a la boda de ese hombre.
Cuando Roque recibió la llamada de la esposa de León, se le escapó una risa fría por dentro.
—¿Y tú por qué crees que yo voy a ayudar a alguien que me hizo daño?
—¡Roque! No puede ser… León hasta fue a tu boda. ¿Cómo va a hacerte daño?
Las pruebas de los sobornos de León las había reunido la gente de Roque y las habían entregado de forma anónima.
¿Cómo iba a ayudarlo a limpiarse?
—Claro que puede ser. Si no me crees, pregúntale tú misma.
Ahí se le rompió a León la última esperanza de salir.
La fiscalía investigó todo con claridad. Las pruebas eran claritas.
No solo efectivo: también acciones, propiedades… incluso esta oportunidad escolar. Sumando todo, los sobornos llegaban a treinta millones.
No era poca cosa.
Si no pasaba nada fuera de lo común, a León le caería cadena perpetua.
—
Ramona llevó a Roque al panteón donde estaban enterrados sus papás.
—Mamá… el que te hizo daño ya pagó.

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