Ella habló de mala gana:
—A ver, ven tú a ver si no duele.
Evaldo se agachó y le tocó la frente con el dorso de la mano, tanteándole la temperatura.
A veces, cuando el dolor de muela se ponía pesado, venía con un poquito de fiebre.
La frente no estaba caliente. Si no había fiebre, mejor.
—Perdón, mi amor, llegué tarde. Vamos, levántate… ¿sí? Tu esposo te lleva a enjuagarte con agüita tibia con sal, ¿va?
Sania sabía que su muela no tenía la culpa de Evaldo. Pero no podía evitar pensar que, si no estuviera embarazada, se tomaba dos pastillas para el dolor y se acababa el drama.
Pero ahora, por el embarazo, no podía hacer nada. Solo aguantar el dolor a la mala… y eso la dejaba con un coraje bien feo por dentro.
—No, no… que me duela hasta morirme —dijo, haciendo berrinche.
Evaldo, sin opciones, fue a la cocina, preparó un vaso de agua tibia con sal y regresó al cuarto.
Tomó una palangana pequeña y se agachó junto a la cama.
—Mi vida, hazme caso. Enjuagarte con agua tibia con sal te va a aliviar. No te castigues nomás por estar enojada conmigo, ¿sí?
Sania tampoco era de las que no entendían razones. Refunfuñó un par de veces y, a regañadientes, se incorporó apoyándose en los brazos.
Evaldo, al verla, enseguida le acercó el vaso a los labios.
Cuando el agua tibia con sal le llenó la boca, la parte inflamada cerca de la raíz del diente le empezó a doler, como un latido bajito.
Sania no supo por qué, pero se sintió triste de golpe. Se le hizo un nudo en la garganta.
«Si no me hubiera casado, qué… Si no me hubiera casado, no estaría embarazada».
La cabeza se le llenó de ideas revueltas, y mientras más pensaba, más se le apretaba el pecho.
Evaldo sabía que ella la estaba pasando mal. Con cuidado, le secó el agua de la comisura de los labios.
—Vi en internet que después de enjuagarnos, si le ponemos tantito vinagre blanco donde está inflamado, ayuda a desinflamar.
—Ándale, abre la boca.
Sania se quedó boca arriba y abrió los labios, pálidos.
Evaldo sonrió apenas.
—A ver… aaaa…
Sania miró el techo y puso los ojos en blanco, pero igual obedeció.
—Aaa…

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