Siguió caminando hacia la salida, aguantándose, sabiendo que esa cena había sido una trampa.
Tenía que irse ya. Si pasaba algo, después eso podía volverse un arma para amenazarlo.
Ramona lo vio tambalearse y lo siguió de lejos, sin atreverse a acercarse.
Cuando ya casi llegaban a la puerta, él se fue de lado de golpe. Ramona corrió y lo sostuvo.
—¿Quiere que lo acompañe al carro?
Roque ya no se hizo el fuerte.
—Gracias.
Esa fue la segunda vez que se vieron.
Después de que Ramona pidió terminar la relación, Roque se pasó años dándole vueltas.
¿Esos dos encuentros no fueron casualidad? ¿También fueron planeados por ella?
Roque salió del recuerdo y esperó la respuesta de Ramona.
—Yo no me quiero divorciar.
Roque alzó apenas una ceja.
—¿Entonces buscaste a un abogado de divorcios para ayudarle a alguien más?
Ramona recién entendió: él ya había visto la tarjeta en el tocador.
Apretó los labios, cansada.
—Donato no solo lleva divorcios. También ve casos penales.
Roque le agarró el punto al instante.
—¿Casos penales?
—Perdón. Antes quizá hubo malentendidos… pero yo sí tengo mis razones.
Los ojos de Roque se afilaron. Movió los pies, paso a paso, acercándose.
Ramona retrocedió por la presión de su presencia, hasta quedar contra la pared. Él apoyó una mano a su lado, encerrándola.
—¿Ah, sí? Entonces dime: ¿qué malentendido hay entre tú y yo?
Ramona decidió rendirse.
—No me acuerdo. ¿No sabes que perdí la memoria?
—Lo del malentendido… todavía no lo recuerdo completo.
Roque soltó una risa fría.
—Tú no lo recuerdas, pero yo sí te lo puedo decir.
—En ese entonces, tú fuiste la que me buscó a mí.
—La que pidió terminar fuiste tú.
—Y la que tuvo al niño a escondidas y lo dejó en un orfanato… también fuiste tú.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado