Los ojos de Roque se veían tranquilos, pero si uno se fijaba bien, había una sombra casi imperceptible allí dentro.
Ramona creía que él no sabía que ella estaba investigando el pasado. No imaginó que cada paso suyo estaba bajo control.
Se quedó con los labios entreabiertos un buen rato, hasta el aire le ardía de nervios.
Siete años atrás, Roque fue invitado a dar una charla en la universidad. Al salir, una bicicleta chocó con su camioneta.
Su chofer bajó de inmediato a revisar. Era una chica con vestido blanco: la rodilla roja, hinchada, con sangre. Frunció el ceño y al levantar la mirada traía un enojo leve.
—Yo iba adelante, ¿cómo me chocan así? Y mi bici era nueva.
A Ramona le dolía en el alma su bicicleta recién comprada.
El chofer se disculpó, apenado.
—Perdón, perdón. Se cruzó un gatito de la nada. Me quise abrir para no atropellarlo y la choqué.
—¿Estás bien? ¿Te llevo a la enfermería?
Ramona vio en el jardincito a un gato atigrado moviendo la cola. No le quedó más que aguantarse.
—Ya, ya. No fue nada grave.
Le daba flojera ir a la enfermería; todavía tenía que irse a trabajar.
Se apoyó en la bici, se levantó cojeando y se fue empujándola, cada vez más lejos.
Roque nunca bajó del carro. Solo se le quedó grabada la pierna blanca de la chica, con esa marca roja tan escandalosa. Miró al chofer cuando volvió a subir y habló serio.
—Averigua de qué carrera es. Deposítale los gastos médicos a su cuenta.
Esa noche, cuando a Ramona le entraron mil pesos, se quedó confundida.
—¿Quién me depositó? ¿No será estafa?
En ese tiempo no era tan común, pero ya existían fraudes con depósitos “equivocados” para luego engañarte.
Ramona fue cuidadosa: hasta fue a la comisaría a dejar un reporte.
Al final, ese dinero terminó en una cuenta oficial de la policía.

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