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¡Oops! Casada con el chico equivocado romance Capítulo 332

Roque terminó la reunión y no volvió a la comisaría.

Les dijo a su chofer que se fuera a descansar y, manejando su propio carro, sin darse cuenta terminó abajo del edificio de oficinas donde trabajaba Ramona.

No la llamó de inmediato. Esperó hasta casi las cinco y media y, justo cuando estaba por marcarle, vio a Ramona salir del edificio.

Quiso abrir la puerta y gritarle, pero se quedó mirando, con el corazón apretado, cómo ella se subía a un sedán negro.

Y al volante, claramente, iba un hombre.

La mirada de Roque se oscureció. Subió el vidrio y los siguió.

Dentro del carro, Ramona le agradeció:

—Donato, de verdad gracias. Encima hoy te hiciste el desvío para venir por mí.

Su carro estaba en el taller. Se suponía que se verían en una cafetería, pero Donato le dijo que acababa de salir de una audiencia en los juzgados de por ahí y que, de paso, la llevaba.

Cuando llegaron, Ramona entró con Donato y se sentaron juntos en un rincón de la cafetería.

Roque no se movió. Estacionó cerca, frente al ventanal por donde se les veía, y se quedó observando en silencio.

—Señorita Jaramillo, con lo poco que me trajo no alcanza para que el caso avance ni para que los acusen formalmente. Todo son suposiciones: puede haber motivo, pero no hay una prueba concreta. Así, yo no puedo tomar el caso.

—Además, usted dice que lo de su mamá no fue una decisión de ella, que hubo mano de alguien… pero entonces, ¿por qué en ese momento no insistió en que la policía investigara?

Ramona había pedido el expediente en la comisaría. Ahí decía, clarito, que había sido suicidio. Y sí: no tenía pruebas.

—El dinero que usted transfirió a la cuenta del despacho se lo vamos a devolver tal cual. Lo siento, no podemos ayudarla. Han pasado siete años, señorita Jaramillo. Yo le aconsejo que lo suelte. Su mamá tampoco querría verla aferrada a esto.

La última esperanza de Ramona se le vino abajo.

Aun así, se obligó a sonreír, estiró la mano derecha y dijo:

—De todos modos, Donato, gracias.

Donato sonrió suave y se la estrechó.

—No fue nada. Es nuestro trabajo.

Roque vio ese apretón de manos y casi no pudo contener el fuego que le subía a los ojos.

Sin pensarlo, se bajó del carro y empujó con fuerza la puerta de la cafetería.

Sentía el pecho lleno de una molestia espesa, aunque supiera que solo era un saludo por educación.

Donato también sintió la mirada helada del hombre que se paró al lado, se quedó tieso y preguntó:

—Señorita Jaramillo… ¿ustedes se conocen?

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