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¡Oops! Casada con el chico equivocado romance Capítulo 327

Cuando Yuria se enteró, se sintió un poco bajoneada.

La verdad, ella no pensaba hacer nada malo. Solo quería usar su fuerza, aunque fuera poquita, para compensar esos veinte años de amor de mamá que le faltaron a su hija.

No sabía si era porque solo le quedaban tres meses, y por eso le urgía más reparar lo de su hija, pero tampoco tenía energía para ponerse a pelear por otras cosas. Así que lo dejó pasar.

Sania era de las que decían “lo hago” y lo hacían. Una sola cocinaba, y los demás se ponían tensos.

Brenda, sentada en la silla de ruedas, la miró preocupada.

—Sani, antes ni te gustaba cocinar. Mejor tú solo di qué quieres y que la muchacha te lo prepare, ¿sí?

Lucía también la persuadió con paciencia.

—Señora, mejor lo hago yo. Todavía no llega ni a los tres meses, no puede esforzarse tanto.

—Abuela, Lucía, no me traten como si fuera de porcelana. ¿A poco soy tan frágil?

Sania se acordaba de que antes le encantaba el cerdo guisado que hacía su abuelo. Buscó una receta y quiso intentarlo.

Con una mano sostenía el celular mirando la receta y con la otra prendió la estufa.

Apenas el aceite empezó a humear, ella, desesperada, echó de golpe un plato entero de panceta bien húmeda.

Al segundo siguiente, el aceite hirviendo tronó y saltó para todos lados.

Sania gritó y se hizo para atrás.

Lucía todavía alcanzó a recordarle:

—Señora, esa carne no la escurrió bien. Ponga la tapa para cubrirse.

Ella quiso meterse a ayudar, pero Sania no la dejó.

—No me ayudes, yo puedo sola.

—Ya, ya la puse.

Sania vació a la olla toda la salsa que había preparado. La panceta doradita se pintó con el adobo y, a la vista, la verdad sí parecía que iba bien.

Sania se fue arriba.

—Abuela, capaz y tu nieta es una chef de otro nivel. ¡Mira nada más qué olor!

Brenda se rio.

—Sí, sí, huele rico. Pero despacito, ¿eh?

Lástima que no le duró mucho el orgullo. Quería echarle un chorrito de salsa de soya, pero por error le echó vinagre.

—No, no, no… me equivoqué.

En el aire se regó un olor ácido, mezclado con un toque raro a quemado.

Lucía le avisó:

—Señora, muévale, muévale rápido.

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