—¿Sí te cayó bien? —en los ojos de Evaldo había una esperanza enorme.
—Sí… está bien —confirmó Sania.
—¿Fue la nueva empleada que contrataste? Sabe igualito a como cocinaba mi abuelo cuando yo era niña.
—¡Sí! —Evaldo también sonrió—. Estos días solo has tomado caldito y casi no has comido. Hoy en la noche toma media taza, y mañana ya le subimos poquito a poquito.
Le preocupaba que el estómago no aguantara.
—Está bien —Sania no se negó—. Cuando vuelva a comer normal, también quiero regresar a la empresa.
Evaldo se quedó callado un momento.
—Amor, ¿lo platicamos? Mejor estos meses pásale la chamba a tus empleados y trabaja desde casa.
—Si tú sales, yo no me quedo tranquila.
—Pero otras embarazadas sí van a trabajar. Yo no soy tan delicada —Sania no quería quedarse encerrada todo el día.
Aunque su empresa no fuera enorme, lo suyo le importaba. Al menos podía ganar su propio dinero y no era alguien que no supiera hacer nada.
—Ir a trabajar también es ganar dinero. Y si la empleada ya le agarró la onda, yo voy a poder comer normal, ¿no?
Evaldo apretó los labios.
—Desde casa también puedes ganar dinero.
Al final no pudo ganarle.
—Está bien.
La nueva empleada cocinaba bien, pero muchos platillos eran demasiado familiares.
Sania sentía que ese sabor se parecía muchísimo al de su abuelo… pero no era exactamente igual.
Hasta le dio a probar a la abuela, y la abuela también dijo que se parecía.
Sania empezó a sospechar. Un día pasó por la cocina y escuchó a la empleada hablando por teléfono, preguntando cómo hacer un caldo de pollo. Sania oyó una voz conocida.
—Siento que con tu forma queda muy desabrido… ¿y si le pongo un poquito de sal? —decía la empleada.
—¡No le pongas! Si te pasas, ya no sabe igual —le respondió la voz al otro lado.
Sania preguntó de golpe:
—¿Con quién estás hablando?
La empleada se asustó y colgó de inmediato.
—Señora… ¡yo, yo con una pariente! Ella cocina rico, entonces le pregunté.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado