En el segundo mes de embarazo, Sania se levantó y vio el desayuno que normalmente le encantaba. Le dio una arcada horrible y corrió al baño a tener náuseas un buen rato.
Evaldo acababa de salir del gimnasio. Al verla así, fue de inmediato tras ella.
Se agachó a su lado y le sobó la espalda con cuidado.
—¿Qué oliste? —Evaldo más o menos sabía que ya le había empezado el malestar del embarazo.
Sania se apoyó en él para levantarse.
—El pescado… huele muy fuerte.
—No quiero comer.
Evaldo le pidió enseguida a Lucía que cambiara el desayuno, pero Sania seguía con náuseas.
Al final solo pudo tomar un poco de caldo blanco. No importaba qué le pusieran: lo vomitaba. Solo podía tomarlo completamente simple.
Lucía no sabía que el malestar era tan fuerte y se sintió culpable.
—Señor, perdón, no lo hice bien.
—No es tu culpa, Lucía. Desde hoy, la cocina la va a llevar otra persona.
Evaldo contrató un chef para que preparara la comida, pero no sirvió. Cambió diez cocineros y Sania seguía igual.
En apenas dos semanas, Sania bajó muchísimo de peso; la cara se le afinó.
A Evaldo le dolía verla así y no sabía qué hacer.
Brenda también estaba angustiada y buscó mil remedios caseros.
—Sani, ¿por qué te pega tan fuerte?
Sania, sintiéndose fatal, no fue a la empresa.
—Abuela, estar embarazada es bien difícil.
—Es culpa mía… Antes tu abuelo era el que te cocinaba. Cada vez que te sentías mal, comías lo que él hacía y se te pasaba el llanto. Ay… su sazón, yo no aprendí ni un poquito.
Evaldo miró la pila de currículums de cocineros que le había conseguido Tobías.
—Estos no sirven. Busca mejor empleadas que sepan cocinar, y de preferencia con experiencia cuidando embarazadas.
Yuria llegó con un termo de comida al Grupo Camoso.
—Hola, quiero ver al señor Camoso.
—Señora, ¿tiene cita? —preguntó la recepcionista por rutina.
Yuria se quedó un segundo con la boca entreabierta y luego sonrió, incómoda.

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