La vez pasada, cuando su hijo se empeñó en romper el compromiso con la hija de la familia Cepeda, él no estuvo de acuerdo.
Pero no pudo contra la terquedad de Marco.
—Mira, hasta tu sobrina ya casi se casa. ¿De verdad piensas quedarte solo toda la vida?
Marco bajó la mirada y no dijo nada.
Ni él sabía qué le pasaba. Desde que se enteró de que Sania se había casado con Evaldo, él ya andaba medio fuera de sí.
—Papá, lo mío no te preocupes.
Pascual soltó un suspiro.
—Está bien, pues. Ya estás grande y haces lo que se te da la gana. ¡Ya ni te puedo mandar!
—Que el mayordomo se quede a cuidarte. Yo me regreso, no vaya a ser que te estorbe.
Pascual no llevaba mucho de haberse ido cuando Marco también mandó al mayordomo fuera de la habitación. En ese momento solo quería estar solo, calmarse.
Pero había gente que no pensaba dejarlo.
Evaldo entró a la habitación con una sonrisa de oreja a oreja.
—Uy, Sr. Casas, ¿ya supo que voy a ser papá y por eso se desmayó del coraje?
Marco lo miró con una sombra oscura en el rostro y habló con frialdad.
—¿A qué vienes?
—Mmm, ¿a qué vengo? Pues a advertirte —dijo Evaldo, y de golpe se le heló la voz.
—Marco, ¿de verdad no tienes nada mejor que hacer que andar investigando dos cositas para meter cizaña?
—Pero ni modo. Aunque intentes separarnos, mi esposa y yo vamos a estar cada vez mejor.
—Y no me eches la culpa de que te confundí: si estás lento, ¿qué hago? ¿Cómo puede alguien confundir a su “amor imposible” con otra persona?
—Ah, pero qué mala suerte: la que tú te inventaste está condenada a cadena perpetua.
Evaldo se puso de pie.
—No vine a otra cosa. Solo a decirte que vamos a estar bien. Ábrete bien los ojos y míralo con calma.
Marco sintió de nuevo un golpe de sangre en la garganta.
El mayordomo había salido un momento a ver al doctor. Cuando volvió, encontró al joven amo pálido como papel.
—Joven amo, ¿está bien? ¡Voy a llamar al doctor!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado