Tatiana se enteró por internet. Ahí supo que su amiga ya lo había hablado con su esposo.
—Sani, ¿ya se te quitó el nudo?
—Sí. Gracias, Taty. Te lo iba a contar, pero te enteraste primero.
Ni modo: tenía un esposo bocón.
Evaldo se pasó toda la noche escribiendo en todos los grupos, como si quisiera salir con un megáfono a gritarlo por la ciudad.
La emoción de ser papá por primera vez… nadie la entendía.
—Te envidio. Evaldo te trata muy bien, ya lo revisé: es un buen hombre.
—Taty, tú también vas a encontrar tu felicidad.
Pero Tatiana no sonó tan convencida.
—Ay, Sani… creo que me voy a casar.
—¿Con el que me dijiste de la cita arreglada?
—Sí. —Tatiana habló pesado—. Teodoro Sade es bien cuadrado, bien a la antigua. Ya qué… seremos un matrimonio de “apariencias”.
—Taty, tal vez no es tan malo.
Tatiana suspiró.
—No sé. Me la pasé la juventud persiguiendo artistas y conciertos… y mira, ni un novio tuve. Y ahora me caso así, de golpe, sin saber ni cómo.
Si hubiera tenido alguien, o si le gustara alguien de verdad, no habría aceptado el arreglo de su familia.
Sania no supo cómo consolarla. Pero Teodoro le parecía más estable que Evaldo, y con su posición, al menos no iba a estar en escándalos de infidelidades.
Tal vez, ya casados, les iba bien.
—Ya, no me aconsejes. Solo estoy desahogándome contigo. ¡Felicidades, Sani! Y acuérdate: la única madrina del bebé soy yo.
Sania sonrió.
—Sí. Tranquila. Madrina solo hay una, y eres tú.
Colgó y vio entrar al cuarto al hombre, por fin desocupado.
—Amor, quiero escuchar al bebé.
Sania no supo qué cara poner.
—Evaldo, ¿puedes tener tantita lógica? ¡A las cuatro semanas no hay pataditas!
—Pero déjame escuchar.
Evaldo pegó la oreja a su vientre.

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