[¡Sani y yo vamos a tener bebé!]
Los dos mayores casi no veían el celular; estaban pescando. Roque, cuando trabajaba, lo veía menos. E Iván seguía en clases.
Sania se aguantó la risa al ver el grupo en silencio. Le lanzó una mirada de reojo al hombre de al lado, y él, terco, siguió insistiendo.
[Evaldo: Roque, ¿se te descompuso el celular? ¿No viste el grupo?]
[Roque: ¿Qué pasó?]
Evaldo de verdad creyó que el celular de Roque fallaba y lo llamó de inmediato.
—Roque, ¡Sani y yo vamos a tener bebé! ¡Voy a ser papá! ¡Tú vas a ser tío!
—Oye, Roque, ¿me escuchas?
Roque se quedó pasmado unos segundos por la noticia, y luego se le salió una sonrisa.
—Felicidades.
—¿Nada más eso? ¿Ni te emocionas? Roque, ¿no será que te da envidia que yo voy a tener una hija?
Ante el berrinche del hermano, Roque fue directo.
—Tengo junta en un rato. Cuelgo. Lo hablamos en la casa.
Eso no dejó contento a Evaldo.
—Amor, vamos por Iván a la escuela. A esta hora ya casi sale.
Cuando Iván los vio, se puso feliz y curioso.
—Sania, ¿por qué vinieron hoy por mí?
—Porque vine a decirte una buena noticia.
El niño abrió los ojos.
—¿Cuál?
—Iván, Sania y yo vamos a tener un bebé. En unos meses vas a tener una primita bien suave y bien bonita.
—Vas a tener una primita. ¿Te da gusto?
—Ah, y no me envidies. Si te da envidia, dile a tu papá y a tu mamá que te hagan una hermanita.
Lo que era una noticia linda, con Evaldo sonó a burla.
Iván se fue amargando.
Evaldo era malísimo: no había ido por él, había ido a presumir.
Hasta que entraron a la casa, el niño seguía con la cara fruncida.
—¿Y este por qué viene así? —preguntó Sandro—. Evaldo, ¿otra vez molestando a tu sobrino?

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