—¿Ahora qué cosa? Dra. Mena, yo sé que a usted le gusta Evaldo, así que esas indirectas… mejor ya déjelas. No quiero escuchar.
Mientras más intentaran meterle ideas, más se aferraba Sania a estar con Evaldo.
Isabella sonrió.
—No. No vine a meterte cizaña. Lo que vengo a decirte es importante. Tal vez, si lo escuchas, ames todavía más a Evaldo.
A Sania se le apretó la garganta.
—Diga.
Isabella suspiró.
—Admito que antes yo sí estaba enamorada de Evaldo. Y sí quería volver y verlo. También quería conocer a la mujer en la que él pensaba tanto… quería ver cómo eras.
—Tal vez no lo sabes: cuando Evaldo estaba en rehabilitación, la pasó muy mal. Por mi experiencia, y por la evaluación psicológica de ese tiempo… lo diagnosticaron con depresión severa.
El corazón de Sania se encogió de golpe.
¿Depresión?
Nunca habría imaginado esas dos palabras junto a Evaldo.
—Sí, depresión. En esa época tenía que medicarse diario para aguantar esa ola de pensamientos negativos. En su cuarto tenía cortinas gruesas, tapando toda la luz. Casi no veía a nadie. Todos los días era lo mismo: ejercicios aburridos en rehabilitación… y luego volver a una casa vacía, silenciosa, donde nadie le respondía. Así se le iba el día, hundiéndose.
—¿Cómo lo supe? Una vez se le olvidó algo en la sala de rehabilitación. Yo fui a llevárselo y ahí lo vi. Nunca se me olvida cuando me abrió la puerta: esa mirada… pesada, oscura, como si por dentro estuviera apagado. Sin vida.
—Ese día le dije que con esa mentalidad era difícil recuperarse del todo. El cuerpo también se protege solo, pero necesita ánimo, necesita luz. Le dije: “Si no puedes obligarte a estar bien, entonces pon a la persona más importante en tu corazón. Repítete su nombre como si estuviera contigo. Tal vez así tu recuperación avance mejor”.
A esa altura, Sania ya sabía qué venía.
—Entonces… ¿el nombre que decía era el mío?
—Sí.
Isabella asintió despacio.
—A veces se paraba junto a la ventana y hablaba solo, pero no dejaba que nos acercáramos, así que yo no escuchaba bien.
—Pero un día, en rehabilitación, se quedó dormido. Y entre sueños… te llamó por tu nombre.
—Tal vez porque yo descubrí ese secreto, después me habló un poco más de ti. Dijo que eras muy bonita, que cuando te asustabas parecías un conejito. Dijo que tu nombre sonaba bonito, por eso lo recordé.
—La primera vez que volví, lo admito: cuando te conocí, yo traía una envidia absurda, hasta mala intención. Pero se me pasó rápido. Porque tú eres buena, y ustedes se ven bien juntos. La vez pasada lo “probé”, pero creo que no te conté esto. Antes de casarme, quise dejarle un último regalo… y espero que te sirva.
Sania ya tenía un nudo en la garganta.
—Gracias.
Gracias por decirle todo eso.
Le dio vergüenza haberse llenado de sospechas.
—Perdón, no puedo acompañarla. Tengo que salir.
Isabella entendió.
—Está bien. Ya dije lo que tenía que decir. ¡Que seas feliz!

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