El corazón de Sania dio un salto. Miró esa grabadora negra y se quedó quieta un momento.
Se mojó los labios y la encendió.
Salió una voz mayor, cansada.
—Marco… yo antes no quería hacer esto. Pero en ese tiempo en mi casa no había dinero, mi hijo necesitaba plata urgente para tratarse. Evaldo me pagó más. Solo me pidió que te dijera que la persona que vi era la señorita García, con eso bastaba… y yo no tenía cómo decir que no.
Antes de que Sania pudiera hablar, empezó la segunda grabación.
—Marco… Evaldo solo nos pidió que no mencionáramos nada de la señorita Belte frente a ti. Nos dijo que tú solo tenías que acordarte de la señorita García. Marco, yo no hice nada malo, de verdad.
La tercera era del ex asistente de Marco.
—Perdón, señor Casas… Evaldo me puso a su lado como asistente. A mí no me encargó nada más. Solo quería que yo lo guiara para que estuviera pendiente de la señorita García, que apoyara su relación con ella… nada más. Yo no hice nada que dañara al Grupo Casas, señor Casas, no me malinterprete.
Decir que Sania no estaba impactada sería mentira.
Pero… ¿por qué Evaldo haría algo así?
Y además, de niños ni se habían visto.
—¿Te quedaste en shock? —Marco la fue empujando con calma—. ¿Qué clase de enfermo se fija en ti desde tan pequeño, te desea, y encima se queda años escondido cerca de ti? ¿No te parece posible que solo quisiera derrotarme a mí, y por eso te “robó”?
Sania guardó silencio un momento. Los dedos que apretaban la grabadora se aflojaron.
Levantó la mirada, seria.
—Marco, ¿tú crees que el problema más grande entre nosotros fue que te equivocaste de persona?

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