Marco quiso subirse con ella al mismo auto, pero Sania lo rechazó.
Cada quien manejó el suyo hasta una cafetería casi vacía.
—Habla. ¿Qué es? —Sania sonó impaciente.
Marco apretó los labios, herido.
¿Ahora hasta hablarle unas frases se le hacía demasiado?
Se le olvidaba por completo cómo la había tratado él antes.
Marco le pasó un sobre con documentos.
—Sani, no es que yo quiera inventar cosas de Evaldo para meterte ideas. Es que él es mil veces más peligroso de lo que tú crees.
Sania no le creyó mucho, pero sacó los papeles.
Una foto algo amarillenta se deslizó hacia afuera.
Se le encogieron las pupilas: en la foto estaba ella, con cara de niña de primaria, y al lado del director de la escuela había un chico que se parecía muchísimo a Evaldo.
Marco curvó la boca.
—No estás viendo mal. Ese es Evaldo a los 18. ¿Te lo imaginabas? Tú tenías doce o trece… y él ya andaba rondando tu escuela.
—¿Una foto y ya con eso dices que me estaba siguiendo? —Sania no lo compró.
En su recuerdo, ella y Evaldo se habían conocido cuando ella iba en preparatoria. Que el tiempo se “adelantara” no significaba que él la conociera desde entonces.
—¡Sani, eres demasiado ingenua! —Marco soltó una risa fría—. ¿Sabes de dónde salió esa foto? El director de tu primaria me la dio en persona, y me dijo que en ese entonces Evaldo también se quedó con una copia.
A Sania se le heló un poco el pecho.
—¿Y tú crees que Evaldo se la pidió al director por qué? Le dijo que era porque “salía muy guapo”. ¿De verdad te tragas esa excusa?
...
Sonaba ridículo, pero sí: era muy estilo Evaldo.

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