Solo que su asistente había pensado que por fin iba a descansar, y lo obligaron a levantarse de inmediato para trabajar horas extra.
[¡En media hora quiero el informe de Sania: cómo entró a su nueva empresa y todos sus datos!]
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Después de bajarse del carro, Tatiana decidió que más tarde se mantendría bien lejos de Marco y de su bola, sin meterse en sus juegos.
Pero no se esperaba que, además de los amigos de Marco, esta vez también hubiera venido Noa.
En cuanto Tatiana vio a Noa, se le revolvió el estómago.
—Sani, ya me tiene harta. Esa mosquita muerta… otra vez aquí.
Tal como lo imaginó, Noa llegó feliz y se le pegó a Marco como si fueran inseparables.
Marco apenas sonrió; traía esa cara de que a ella se lo perdonaba todo.
—Más despacio, te vas a caer.
Tatiana no pudo evitar poner los ojos en blanco. Justo iba a buscar a su mejor amiga para desahogarse, pero vio que Sania se había dado la vuelta y estaba recogiendo hojas secas.
Marco la miró de reojo, como sin querer, pero esa mujer ni siquiera le devolvió la mirada.
¿De verdad no le importaba? ¿O estaba actuando?
Muy pronto ya habían armado las tiendas y el toldo.
Luego fueron a rentar una estufa portátil para hacer carne asada.
Sania se sentó a un lado como si nada, sin la menor intención de meterse en la conversación.
No se supo quién propuso jugar retos.
Sin preguntas íntimas: solo retos.
El que se negara, recibía castigo.
Sania por fin habló:
—Yo no voy a jugar.
Noa sonrió, toda melosa.
—Ay, ya estás aquí. Juega tantito.
De inmediato alguien se sumó a la bulla:
—¡Eso! Si no vas a jugar, ¿a qué viniste? Qué aguafiestas.
Tatiana iba a contestarles, pero Sania la calmó con una sonrisa y le dio unas palmaditas en la mano.
—Está bien. Juego.
La botella empezó a girar al azar.
Los primeros retos fueron normales: cargar a alguien del sexo opuesto, o ir a declararte a cualquier persona ahí mismo.
No había demasiado contacto.
Hasta que la botella apuntó a Sania.

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