—Señor Camoso… —murmuró alguien, incómodo.
Todos sabían que Evaldo y Marco no se soportaban, y que sus familias llevaban años en guerra. Ninguno cedía.
Que apareciera así, de golpe, desconcertó a todos.
Marco habló con mala cara.
—¿Y tú qué haces aquí?
Evaldo caminó con naturalidad hasta el que estaba de juez con las tarjetas.
—Nada. Solo vi a un grupo de ustedes acosando a una chica y me dio coraje. ¿No puedo?
Noa se mordió el labio y miró a Evaldo.
—Evaldo, estás entendiendo mal. Nadie está acosando a nadie.
—Sani, ¿verdad que no?
Sania, de reojo, vio el perfil perfecto del hombre y no entendía por qué había aparecido.
Pero si alguien iba a darle respaldo, no tenía por qué rechazarlo.
—Sí, sí me estaban molestando.
Apenas lo dijo, las caras cambiaron.
Tatiana, con el corazón apretado, defendió a su amiga.
—¡Pues claro! ¿Qué clase de castigo es ese? Sani, ya no hacemos nada.
Noa miró a Marco, con voz bajita.
—¿Cuál acoso? Sani, ¿por qué inventas?
Evaldo sonrió como quien no se toma nada en serio. Sacó el bote de castigos y tiró todas las tarjetas al piso.
—A ver, déjenme ver… ¿qué castigos son estos?
—Mira nada más. Diez castigos… y todos son para pedirle perdón a la chica de rosa. ¿Así se juega esto? ¿En qué mundo?
Tatiana se quedó helada. Entonces sí era contra Sania.
Apretó la mano de su amiga.
—Sani, perdón… si no te hubiera arrastrado a venir, no te habrían hecho esto.
Marco se levantó, helando el ambiente.
—Evaldo, ¿qué quieres?



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