Evaldo puso una cara de “no puede ser”. —¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde hace tres años, cuando regresaste al país a hacerte el tatuaje.
Roque no era tan indiferente como aparentaba.
Su único hermano menor, siete años atrás, tuvo un accidente de carro y casi pierde la pierna. Y encima decidió irse al extranjero a rehabilitarse.
Ni siquiera aceptó que su papá y Roque fueran a verlo. Se negó con terquedad.
En ese tiempo, Roque vio cómo a su padre se le blanqueaba el cabello de golpe.
Roque no podía salir del país; por su situación, simplemente no podía. Solo le quedó pedirle a gente de confianza que cuidara a su hermano.
El nombre de Sania entró por primera vez en la memoria de Roque en esa época.
Pero Evaldo lo pronunciaba medio raro, y Roque no estaba seguro… hasta que su hermano se recuperó por completo y volvió.
Cuando vio el tatuaje todavía enrojecido, Roque supo que su hermano ya estaba hundido.
—Tranquilo. No te investigué a propósito, solo me preocupaba que te estuvieran viendo la cara. No pensé que, mientras buscaba, el que estaba engañando eras tú.
—Y la verdad… en ese entonces Sania estaba bien chica. ¿No fuiste un poco… animal?
Evaldo apretó los labios y puso los ojos en blanco. —No digas tonterías.
—Marco se confundió solo, ¿cómo que yo lo guié? ¡Es que él es bien menso!
Evaldo ya no quiso seguir lastimándose con Roque. —Ya, Roque. Yo te guardo el secreto. Tú… ¿entendiste?
Roque sonrió. —Parece que tu secreto vale más.
Se quedaron sin palabras.
-
Marco llevaba tiempo investigando a Evaldo, pero no encontraba nada. Empezó a sospechar que estaba buscando por el lado equivocado.
Justo entonces, una escuela muy prestigiosa lo invitó a visitar el campus. Aceptó.
—Sr. Casas, este es un reloj inteligente con sistema en braille diseñado por nuestros alumnos de sexto. Acaba de ganar medalla de plata en una exposición internacional de inventos. Los laboratorios que usted financió les dieron el mejor ambiente para investigar. Estos chicos estarán agradecidos con usted toda su vida.

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