—En internet dicen que esto atrae a una niña. Las niñas son rosaditas y tiernas, ¿no?
Sania se quedó sin palabras.
Ni siquiera se le notaba la panza, y Evaldo ya andaba escogiendo el sexo.
—¿Y si ni siquiera puedo quedar embarazada?
Evaldo le tapó la boca con dos dedos.
—No digas tonterías. Aguas, que el bebé oye y se pone de malas.
Todo místico, como si por hablar el niño ya no fuera a llegar.
—Niño o niña da igual. ¿Y si al final es niño? Te vas a deprimir horrible.
Sania no entendía por qué casi todos los papás parecían tener ese sueño de “quiero una hija”.
—No me voy a deprimir.
Solo que, tal vez, con un hijo no iba a tener tanta paciencia.
—¿Quieres ir a cenar con la Dra. Mena? —preguntó Evaldo.
Sania lo pensó un segundo.
—Vamos. Tú dijiste que antes te ayudó bastante, ¿no?
—Me ayudó, sí, pero yo también le pagué. No es como que sea obligatorio vernos.
—Entonces no quiero ir —Sania no quería obligarse a nada.
Tal vez era intuición de mujer, pero sentía que Isabella tenía algo en el fondo con Evaldo.
Y eso Sania no sabía cómo explicárselo.
¿Con qué cara iba a “acusarla” si la Dra. Mena no había hecho nada?
—Si no quieres, no vamos. Le cancelo.
Cuando a Isabella la rechazaron por tercera vez, los ojos se le llenaron de decepción.
Pilar, al ver a su amiga con el ánimo por los suelos, la sacó a distraerse y a desahogarse.
—La otra vez todavía le hablaste bien de ella. Yo te dije que Sania no era cualquier cosa. Si no, por una simple cena no te pondría ese alto y no dejaría que Evaldo comiera contigo.
—No la culpes. Yo fui muy imprudente. Él está casado; es normal que consulte a su esposa.
—Si tan normal te parece, ¿por qué traes los ojos rojos?
Isabella se tomó de un jalón lo que quedaba en la copa.
No era “por qué”. Era envidia, un poco de celos, y también esa sensación amarga de “no es justo”.

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