Ramona no encontró un motivo para negarse. —Sí.
Apenas habían pasado tres días, y aun así, con el acta guardada en la bolsa, al entrar a la empresa le seguía pareciendo irreal.
Entraban a las nueve y media. Ellos habían llegado al registro civil a las ocho y media; con el trámite hecho, todavía le alcanzó para llegar a tiempo al trabajo.
Sania había regresado anoche del vuelo y se quedó dormida apenas llegó. Ni bañarse pudo sola: el hombre la cargó y la ayudó a asearse.
Después de dormir toda la noche, ya se le veía mejor la cara.
—Buenos días, Ramona.
Ramona sonrió leve. En la empresa prefería usar el cargo. —Buenos días, Sra. Belte.
Justo la cocineta estaba sola.
Sania movió su café con una cucharita y bajó la voz, molestándola con cariño: —Ya vi el mensaje del grupo. ¡De verdad te volviste la esposa legal de Roque!
Se suponía que iban a fingir ser pareja… ¿y terminaron casándose de verdad?
Ese chisme sí le interesaba.
Ramona intentó mantenerse serena. —No te burles. En la empresa solo soy tu subordinada.
—Qué bonito… Iván pidió ese deseo de Año Nuevo y se le cumplió.
Ramona la miró, sorprendida. Sania se rió y explicó:
—No tienes idea. En el jardín hay una fuente, y está llena de monedas por los deseos de Iván.
—Casi todos los días se para ahí a pedir. Si los empleados no le hubieran dicho que ya no echara más porque había demasiadas, yo creo que esa fuente se habría desbordado.
Ramona quiso reírse, pero también le ardió la nariz.
Con su hijo… ella le debía demasiado.
—De ahora en adelante lo voy a tratar bien.
Sania la miró con curiosidad. —Eso sí, te creo. Sé que vas a querer a Iván. Pero tú y Roque… ¿esta vez ya no es actuado, verdad?
Ramona se quedó quieta.

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