Ramona no aguantó más y se bajó del carro.
—Iván…
La voz le salió con un temblor casi imperceptible.
¿Iván… sería su hijo?
Iván, al verla, se emocionó y fue dando brincos hasta quedar frente a Ramona.
—¡Ramona! ¿Y tú qué haces aquí?
El chofer que iba por Iván se quedó quieto un segundo. Al reconocer a Ramona, no la detuvo.
Él la conocía: era la novia del hijo mayor.
—Vine a verte —dijo Ramona, mientras le estudiaba con cuidado esa carita todavía infantil y dulce.
¿Se parecía a ella?
Sí… un poquito.
Sin pensarlo, levantó la mano.
—Iván, creo que traes algo sucio en el pelo.
Entonces le arrancó un cabello y lo escondió en la palma.
Con la otra mano le revolvió la coronilla, como quien lo arregla.
—Listo, ya quedó limpio.
Iván no tenía idea de lo rara que había sido esa “ayudita” de la tía bonita; solo se sintió feliz, feliz de verdad.
Pero esa alegría le duró poco, porque ella dijo:
—Iván, hoy tengo cosas que hacer. Otro día vengo y comemos juntos, ¿sí?
—¿Ah, ya te vas? —Iván se puso triste un instante, pero enseguida se animó—. Ramona, la próxima vez ven a comer a mi casa, ¿sí?
*Papá… hasta aquí pude ayudarte.*
Ramona sonrió suave y asintió. Luego volvió a su carro y, con muchísimo cuidado, sacó una servilleta limpia y dejó encima ese cabello corto, negro y delgadito.
Respiró hondo y manejó hacia la dirección que marcaba el mapa.
Cuando entró al laboratorio de pruebas, a Ramona le temblaban las manos.
Entregó dos muestras y los documentos.
—¿En cuánto tiempo es lo más rápido que pueden dar el resultado?
—Tres días —respondieron—. Ahorita ya tenemos lleno el cupo de urgencias, así que solo podemos hacerlo normal. Son tres días hábiles; el lunes de la próxima semana se lo entregamos.
Decían “tres días”, pero en realidad eran cinco. Era jueves; hasta el lunes eran cinco días.
—Está bien.

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