—¿Dra. Mena? —Evaldo abrió la puerta y entró, sorprendido.
Isabella sonrió.
—Perdón por venir así, sin llamar. Andaba por aquí cerca y pensé: “su empresa está a la vuelta”, así que me pasé a saludar.
—No es nada grave. ¿Tiene tiempo hoy?
Evaldo no dijo si tenía o no.
—Dra. Mena, dígame qué necesita. Si puedo ayudar, voy a hacer lo posible.
Casi siempre que lo buscaban era por eso: por ayuda.
Pero Isabella había sido alguien que, en un momento difícil, lo apoyó. Evaldo no quería quedarse debiéndole.
—No es por mí. Es por su esposa.
Evaldo frunció un poco el ceño.
—¿Mi esposa?
—Sí. Últimamente parece que quiere colaborar con el Grupo Cepeda y se topó con un problemita.
—La otra vez se lo comenté con tacto: que si te buscaba a ti iba a ser más rápido. Pero ella se mostró… algo reacia. Así que vine a meter mi cuchara, con todo respeto.
Evaldo sabía que Sania estaba ocupadísima, llegando tarde y trabajando horas extra.
Esos proyectos parecían de expansión, de abrir sucursales por todo el país. Si estaba buscando al Grupo Cepeda, era por tema de financiamiento.
En un par de minutos, Evaldo ató los cabos y dijo, tranquilo:
—Gracias. Otro día te invito a comer.
Isabella se decepcionó un poco. Pensó que, ya que ella había ido, por lo menos comerían juntos ese día.
No esperaba que, después de casado, Evaldo marcara tanto la línea.
—Va. La próxima, invita también a tu esposa.
—Hecho.
Cuando la Dra. Mena se fue, Evaldo llamó a su asistente.
—Averigua si últimamente tenemos algún negocio con el Grupo Cepeda.
—Sí, Sr. Camoso. Me parece que justo íbamos a renovar un contrato con ellos.
—Bien. Pausen la renovación.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado