Ramona sonrió con gentileza.
—Hola. Perdón… tuve un accidente y olvidé muchas cosas de acá. ¿Me estás diciendo que antes éramos compañeras de cuarto?
Las dos se sentaron en la cafetería de la universidad.
Viviana suspiró, impactada.
—No puedo creerlo… de verdad perdiste la memoria. Con razón. Te mandamos mensajes y nunca contestaste. Te dejamos comentarios en redes y nada.
—Perdón, Ramona. Pensamos que, al irte, ya no querías saber de nosotras.
Ramona sonrió.
—No las culpo. Si me pasara a mí, también pensaría eso.
—Viviana, ¿me puedes contar más de antes?
Viviana, después de graduarse, se quedó haciendo doctorado, y luego se quedó dando clases. Por eso se habían cruzado.
—Claro —dijo Viviana—. Tú eras buenísima. Al director de la carrera le encantabas: sacabas excelentes notas y eras muy bonita. En ese tiempo todos decían que quizá ibas a buscar un trabajo en el gobierno o algo así, por eso nos sorprendió que te fueras del país.
—Y tú eras de las que no paraban: en tu tiempo libre te ibas a trabajar. Ramona… —se quedó a medias, como dudando—. Por eso también nos sorprendió que te fueras.
Ramona sintió que el pecho se le hundía.
—Yo me fui con mi tío y mi tía.
—Ah, con razón. Creo que sí decías que tenían un pariente afuera… pero con los años ya no supiste de ellos.
Viviana bufó.
—En ese entonces hubo varias chismosas que decían que te mantenían. Ahora que volviste, yo misma voy a desmentir eso.
Ramona no le dio importancia.
—No hace falta. Que digan lo que quieran.
—Ramona, pasémonos contacto. Tengo que correr a clase. ¡Luego seguimos hablando!

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