Ramona volvió a recostarse en el sillón de consulta de Catalina, todavía nerviosa.
Hasta que, a lo lejos, pareció escuchar una cuenta regresiva. Su vista se volvió borrosa, teñida de una luz color ámbar.
Había una luz moviéndose, débil. Ella parecía estar dentro de un carro.
En ese resplandor anaranjado, una mano se extendió de pronto hacia ella: dedos largos, y en la muñeca, un reloj plateado.
Un logo discreto, con un brillo frío.
Traje impecable, cejas marcadas, y un rostro de rasgos definidos que, de golpe, llenó todo su campo de visión.
—¿Dónde vives? —la voz era plana, casi fría—. Te llevo.
El corazón de Ramona dio un salto.
—¿Sr. Camoso?
¿Por qué ese hombre se parecía tanto a Roque?
Él se acomodó el saco.
—Lo de hoy… puedo hacerme responsable. Desde hoy, salimos. Cuando te gradúes, nos casamos. ¿Sí?
El perfil que mostró al girar la cabeza la dejó aturdida.
Que se graduara… y casarse.
¿Roque era su exnovio?
Cuando esa idea cruzó su mente, fue como una llave que giró, abriendo la última compuerta escondida en su memoria.
Las imágenes pasaron como sombras rápidas y se deshicieron.
Ramona despertó, mareada.
—¿Qué viste? —preguntó Catalina con suavidad.
Ramona respiraba con fuerza, como si alguien le apretara la garganta.
Se tocó la mejilla: estaba helada. Eran lágrimas que ni había notado.

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