En el camino, Sania recibió un mensaje de Tatiana y se le escapó una risa.
—¿Qué pasó? —preguntó Ramona, volteando a verla.
—Nada. Solo que ya me imagino por qué Pilar se echó para atrás de repente.
Ramona alzó las cejas.
—¿Por qué?
Sania lo dijo con calma, con un dejo de ironía.
—Por esa rivalidad absurda que a veces se arma entre mujeres, sin motivo… nomás porque un hombre anda por ahí.
A veces dos personas que ni se conocen terminan como enemigas por culpa de un tercero.
Sania no lo entendía, y tampoco quería seguir dándole vueltas.
—Con el Grupo Cepeda voy a seguir intentando. Y con las otras dos opciones, no soltamos. Si hace falta, buscamos otras dos más.
—Va.
Mientras tanto, Pilar se bajó del carro y entró a un restaurante francés.
—Isabella, ¿esperaste mucho?
Isabella sonrió.
—No, acabo de llegar. Qué gusto verte. Y oye… estás más guapa cada vez.
Pilar se puso un poco tímida.
—Ay, no exageres. No pensé que volverías. Creí que la próxima vez te vería afuera.
Habían sido compañeras de universidad. No estudiaron lo mismo, pero conectaron de inmediato.
Tras graduarse, Pilar volvió al país. Isabella se quedó afuera estudiando un doctorado, y con los años se volvió una experta reconocida en rehabilitación.
—¿Entonces ya debo decirte profesora Mena? —bromeó Pilar.
Isabella soltó una risa.
—¿Y yo a ti te digo jefa?
Las dos se rieron.
Pilar levantó su copa.
—Isabella, brindemos por tu regreso.
—Gracias —Isabella dio un sorbo.
—¿Cuánto tiempo te quedas? La otra vez me dijiste que querías volver por… ese paciente que te gustaba.

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