Marco no es que quisiera a Pilar con locura. Más bien, ella era una buena opción para una alianza familiar.
Comparada con la “muñequita” de Noa, Pilar se graduó y se metió de lleno a trabajar en el Grupo Cepeda. Ahora ya era, en la práctica, una especie de subdirectora.
Eso era justo lo que más le gustaba a Marco.
Una mujer con carrera, con visión, que no se quedaba en lo superficial.
—Srta. Cepeda, podemos unirnos. Pero lo único que puedo darte… es el lugar de Sra. Casas.
Lo demás, no.
Pilar entendió al instante.
—No tienes que decidirlo así de seco. Muchas cosas se construyen con el tiempo, ¿no?
Después de una alianza fallida, ella no se hundió ni se quedó llorando. Y la verdad, Marco era el mejor candidato que podía conseguir.
Aunque él tuviera un matrimonio fracasado encima.
Pero esa mujer estaba en la cárcel. ¿Qué tenía ella que temer?
Al terminar la cita, Pilar, con buen ojo, alcanzó a ver que cuando él sacó el celular para pagar, el fondo de pantalla parecía una foto borrosa… del rostro de una mujer.
A Pilar se le encogieron un poco las pupilas, pero hizo como si nada y apartó la mirada.
¿Esa foto sería de su exesposa, Noa?
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Desde que Sania volvió de luna de miel, se la pasó negociando con empresas de inversión.
El plan del hotel era seguir expandiéndose el siguiente año, pero necesitaban financiamiento.
Sania quería conseguir un préstamo de quinientos millones, y en los primeros acercamientos, la otra parte se mostró muy interesada.
Sania y Ramona fueron juntas a hablar de la inversión. Tenían cita con la vicepresidenta a las dos de la tarde.
Pero cuando llegaron a la empresa, les dijeron que la vicepresidenta estaba en reunión y que tenían que esperar.
Esa espera se alargó: de las dos a las cuatro.
Ramona, que venía de trabajar en empresas extranjeras, no entendía esa costumbre de no respetar la hora.
—Sra. Belte, me late que esta Srta. Cepeda no tiene tantas ganas de trabajar con nosotros.
Sania asintió.
—Esperemos un poco más, a ver qué pasa.
—Va.
Ramona miró el celular.

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