Iván descubrió que su papá era bien injusto.
Él estaba ahí acostado, con el suero, mirando el techo, mientras su papá y Ramona estaban sentados frente a frente comiendo, bien tranquilos, como si nada.
Se iba a morir del coraje.
—Papá, yo también tengo hambre.
Roque ni levantó la vista.
—La enfermera dijo que primero terminemos el medicamento y luego vemos si puedes comer. ¿Ya se te olvidó que vomitaste cuando llegaste?
—Ah… —Iván se quedó con cara de pobrecito.
A Ramona le dio cosa.
—¿Y si pregunto al doctor? Algo ligerito no le hará daño, ¿no?
—No hace falta.
Roque sabía perfecto qué quería su hijo.
—Antes de venir al hospital se comió un pastelito de fresa, un vaso de leche, una bolsa de papas y unos palitos de queso.
Iván se puso rojo.
—¡Papá, no es cierto! Eso fue como a las cinco.
—¿Y a las siete ya te dio hambre otra vez?
Iván se quedó sin palabras.
La verdad no era hambre. Era que quería que Ramona se quedara con él.
Ramona tampoco imaginó que, antes de la fiebre, Iván se hubiera atascado así.
Si fuera un adulto, con todo eso encima, tampoco tendría tanta hambre.
Ella tomó el tazoncito de avena y se acercó a la cama.
—Yo me quedo contigo. Si quieres platicar, platicamos, ¿sí?
Iván se conmovió.
De verdad, si alguien viera la escena, pensaría que el que sobraba era su propio papá.
—Ay, Ramona… eres la mejor.
Roque, que tenía contadas oportunidades de estar a solas con Ramona, vio cómo su hijo se las robaba todas. Se limpió las manos con una toallita húmeda y caminó hacia la cama.
—Ve a comer tú. Yo me quedo con él.
Iván abrió la boca para hablar, pero Roque lo miró con los ojos entrecerrados, como advertencia.
Iván se apagó al instante. Hizo un puchero.
—Ramona, ve a comer. Yo estoy bien, de verdad.

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