Sania no le dio mucha importancia. No era como que cada mujer que apareciera cerca de Evaldo le fuera a despertar celos sin razón.
—Ajá. ¿Vino sola? ¿La invitamos a cenar con nosotros? —preguntó Sania, tranquila.
Evaldo se vio un poco sorprendido.
—Creo que quedó de verse con alguien. La próxima. Sí estaría bien invitarla a comer como se debe.
—Los dos —dijo Sania con una sonrisa suave.
Él siempre medía todo: lo justo para mantener distancia con otras mujeres sin que se sintiera forzado.
Evaldo se acercó al oído de Sania.
—Yo pensé que mi esposa se iba a poner celosa.
Sania se sonrojó y lo empujó.
—No molestes. No soy tan chiquita.
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Ramona volvió a su rutina normal de trabajo, pero aunque Lionel ya había regresado al país, ella apenas iba a la casa de vez en cuando.
Creyó que ya no iba a cruzarse con Roque, pero al salir del trabajo recibió su llamada.
—Perdón, Srta. Jaramillo. Iván se enfermó y está terco, terco en que quiere verte. Si puedes… ¿me acompañas al hospital?
¿Iván enfermo?
Ese niño siempre se veía redondito, cachetón, lleno de energía. ¿Cómo iba a estar enfermo?
Ramona ni lo pensó.
—Sí. Mándame la dirección del hospital y me voy directo.
—Gracias. Te la envío.
Cuando Ramona vio a Iván en la cama, con su suero puesto, se le apretó el corazón.
—¡Papá, me mentiste! ¡Ramona no vino! —se quejó Iván, con un parche para la fiebre en la frente y la boca fruncida.
Roque seguía con su calma de siempre.
—Iván, no te mentí.
La enfermera se acercó para aplicarle el medicamento.

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