Cadena perpetua. Sania no se sorprendió.
Si Noa se atrevió a meter explosivos, y si lo hubiera logrado, ¿cuánta gente inocente habría salido dañada?
Los celos le nublaron la cabeza. Perdió el control.
Sania seguía sin entender qué odio tan grande podía haber entre ellas.
Y al final, todo había empezado por un hombre.
Solo por un hombre. ¿Cómo podía alguien apostar su vida entera por eso?
—Ya no lo veas —dijo Evaldo, quitándole el celular de la mano—. Ella se lo buscó.
—Y Alejandro sí que fue listo: mandó a su hijo menor al extranjero.
¿Mandarlo fuera significaba que ya estaba a salvo?
Evaldo no era tonto. Sabía perfectamente quién había contactado al vendedor para Noa.
Nadie se iba a salvar.
Había demasiadas formas de hacer que alguien desapareciera sin ruido.
Aunque Luis fuera el medio hermano de Sania, si alguien ponía en riesgo la vida de su esposa, Evaldo iba a cortar el peligro desde la raíz.
-
El destino de Noa, quien más lo temía, era Ruby Talco.
Con los ojos rojos, le suplicó a su papá:
—Papá, ayúdame. ¡Evaldo da miedo!
La hija del segundo esposo de su tía… y aun así, la metieron adentro como si nada.
Aunque con la carta de perdón de la tía y su carta de arrepentimiento Ruby, a lo mucho, saldría en unos meses… igual estaba aterrada.
Tenía miedo de que, en esos meses, simplemente dejara de existir.
Lando Talco se agarró la cabeza.
—¿Y quién te mandó a hacer esas cosas por tu cuenta? Voy a ir a pedirle disculpas a Evaldo otra vez. Tú enciérrate en lo tuyo, compórtate bien y reflexiona, ¿me oíste?
Filomena, con los ojos hinchados, dijo:
—Ruby, cuídate mucho ahí adentro.
Lando ni se dio cuenta del odio que le brillaba a su esposa en la mirada.
Se fue corriendo a disculparse.
Evaldo no era precisamente un hombre blando. Si alguien decidía meterse con él, tenía que aguantar las consecuencias.
En apenas diez días, la empresa de Lando perdió miles de millones.

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