Después de que Jacob se fue, Josué salió del bar y recibió la llamada de su mamá.
—Josué, ¿cuándo vas a volver? A tu abuelo se le subió la presión del coraje. ¿Hasta cuándo vas a seguir con esto?
—Mamá, ya te dije que lo de antes fue un malentendido. Me gustan los hombres. A la familia Cepeda ya se le dio una compensación. ¿De verdad quieres que yo sea un animal y me case con una mujer para dejarla sola en un matrimonio vacío?
Su mamá se atragantó con las palabras.
—¡Tú! Ya estás grandecito, pasas de los treinta… ¿cómo que de la nada te gustan los hombres?
Josué guardó silencio.
Antes no se acercaba mucho a las mujeres, estaba enfocado en su trabajo. Pero después de comprometerse con Pilar Cepeda, se dio cuenta de que no era que “no le interesaran”; era que le provocaban rechazo.
Hasta agarrarse de la mano le incomodaba.
Josué se revisó. El doctor le dijo que podía ser asexual.
Fue directo con Pilar y rompieron el compromiso.
Hasta que el mes pasado, aquella noche en Londres, Jacob se le estampó encima.
—Ya, no hablemos más. Mamá, lo dejamos aquí. Capaz que pronto te llevo un novio a la casa.
Del otro lado, no supieron qué contestar.
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Pascual miró a su hijo y le habló con peso en la voz.
—Ya te divorciaste de Noa. No puedes quedarte soltero para siempre.
—La familia Cepeda tiene una nieta que es tu tipo. Tú eres divorciado, ella canceló un compromiso… hacen buena pareja.
—Hazme caso. Ve a conocerla.
Pascual lo picó a propósito.
—¿O quieres que el chamaco de la familia Camoso se te ría en la cara?
Marco apretó los labios.
—Mándame el contacto. La veo, ya. Pero tampoco hace falta que uses a Evaldo para provocarme todo el tiempo.
Pascual pensó, satisfecho: “Mira nada más. Cada vez que lo menciono, caes redondito”.
—Está bien. Con que lo tengas claro.
Marco se quedó en el jardín, prendió un cigarro y marcó.
—Hola, ¿Srta. Cepeda? Nuestros papás quedaron en que nos viéramos. Supongo que ya le avisaron, ¿no?
—Este viernes paso por usted. ¿Le parece?
Tras escuchar un “sí”, colgó con cortesía.
Pero en su mente apareció el rostro de Sania, frío, distante, casi borroso.

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