Yuria veía clarito las intenciones de Lando.
Pero que se las destaparan frente a todos lo hizo estallar.
—Hermana, ¡no puedes decir eso!
—¿O sea que tú también piensas igual que tu hija? ¿Así de fácil nos condenas a Ruby? Con razón el tercero habla como habla de ti. Qué barbaridad… me equivoqué contigo.
—De ahora en adelante, mejor ni vuelvas. Si sigues viniendo, esta familia se va a destruir.
A Yuria se le cerró el pecho.
—¡¿Tú?! ¿Y la carta de perdón de Ruby quién la consiguió? ¿No fui yo?
No esperaba que, después de apuñalar a su propia hija por ellos, le pagaran con ese veneno.
Ignacio remató:
—Yuria, mejor ya no regreses.
Yuria sintió una ironía amarga.
—Está bien. ¡Está bien! ¡No vuelvo nunca más!
Se quedó llorando en el carro. Cerca de los cincuenta, y por fin entendió lo que era sentirse sola contra todos.
Llamó a su hijo, pero el número ya no existía.
Llamó a Alejandro y ahí se enteró de que el hijo se había ido al extranjero.
—¡Gracias a tu yerno y a tu hija! Yuria, me arrepiento de haberte tomado por esposa.
Yuria, perdida, suplicó:
—Alejandro, ayúdame a salir del país, por favor. Yo puedo cuidar a mi hijo allá. Te lo ruego.
Alejandro creyó que se había vuelto loca.
—¿Ayudarte a salir? Solo si yo perdiera la cabeza. ¡No te voy a ayudar! Y mi hijo ya no tiene nada que ver contigo. No me llames más.
Colgó.
Yuria buscó mil maneras, hasta que por fin consiguió el contacto de Luis.
—Luis, soy tu mamá… ¿cómo te fuiste sin decirme nada?
—Tú no eres mi mamá. Mi mamá murió hace mucho. No me busques. Te odio.
Él odiaba a Sania, pero odiaba todavía más a su madre.
Yuria recién entonces entendió que ya no tenía nada.
Ni hijo, ni hija, ni esposo, ni familia.
Se dobló sobre el volante y lloró a gritos, pero ya nadie iba a preocuparse por cómo se sentía.
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Sania les trajo recuerdos a sus amigas.
—¡No manches, Sani, tú sí me quieres! ¡Te adoro!

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