Jacob ya era un hombre grande. No le tocaba a él andar cuidándole la vida.
—A la abuela ya la mandé a la casa con alguien.
Los ojos de Evaldo se oscurecieron.
—Amor, hoy es nuestra noche de bodas.
Sania lo miró. Esa forma de verla, como lobo hambriento, le aflojó hasta las piernas.
—No empieces… hoy sí me cansé.
—Evaldo, ¿y tú no tuviste miedo? La bomba iba en el carro de la boda. ¿No te dio miedo que Noa apretara el control antes?
Él le contó todo tal cual.
Sania todavía lo pensaba y le daba escalofríos.
Evaldo sonrió, tranquilo.
—¿Miedo de qué? Nuestro carro de boda ni siquiera la tenía. La de verdad estaba en el auto que usamos para el cambio.
—Cuando Lautaro se bajó, cambió el explosivo.
¿Cómo iba a dejar la vida de su esposa en manos de una loca?
—¿Eso no es como…?
No alcanzó a terminar. Evaldo la interrumpió.
—Tranquila. Lautaro no va a hablar. Tú no hablas, yo no hablo… ¿quién se va a enterar?
Evaldo quería era meter a Noa para siempre.
Ella era como una bomba de tiempo: nadie sabía cuándo iba a explotar.
Si el odio no se podía desactivar, entonces había que apagarlo desde la raíz.
—Perdón por hacerte preocupar —Sania se rio bajito.
—Quítale el “pre”.
Evaldo la abrazó y la sentó sobre sus piernas.
—Amor, en nuestra noche de bodas no vamos a hablar de nadie más.
No volvió a la mansión. A propósito dejó lista otra casa como su “nido” de recién casados.
—Hoy dormimos aquí. No te preocupes, no hay nadie.
—Probemos todos los lugares, ¿sí?
Sania no alcanzó a contestar.
La respiración ardiente la envolvió.
Esa noche, Evaldo ya no iba a ser suave.

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