Marco estacionó el auto no muy lejos del lugar de la boda.
Vio a Sania bajar, y esperó hasta que terminó la ceremonia y el coche de Evaldo y Sania se fue.
Se quedó cinco horas sentado, como si se castigara a sí mismo, mirando desde lejos la felicidad de ella.
Marco pensó en entrar y armar un escándalo.
Pero sabía que si lo hacía, Sania solo lo odiaría más.
Entre el humo del cigarro, su cara guapa se veía borrosa. Se rio con amargura y tiró la colilla.
Antes de irse, le entró una llamada del viejo de su familia.
—Marco, ¿ya tienes el acta de divorcio?
—Ya.
Antes de la última audiencia, Marco había movido contactos para sacar el divorcio con Noa durante el periodo de espera.
No iba a permitir tener una esposa criminal.
Eso también afectaba a la empresa y a las acciones.
—Qué bueno. Esa Noa volvió a meterse en problemas. Puso una bomba para arruinar la boda del muchacho de la familia Camoso. Ja… hay que estar mal de la cabeza.
—Que bueno que ya te divorciaste. El de la familia Camoso no va a dejar que ella salga a hacer daño otra vez. Pero, Marco, ¿no crees que ya toca replantear lo del matrimonio por alianza?
Marco se quedó mudo.
No imaginó que Noa se volvería tan loca.
Aunque ya no estuvieran juntos, él quería que ella saliera y cambiara.
No sabía que ese divorcio que él pidió había sido la última gota para ella.
Suspiró, con un peso raro.
—Papá, lo de la alianza… déjalo para después.
—¿Después qué? ¿Vas a esperar a que el de la familia Camoso tenga un hijo para recién decidirte?
A Marco se le apretó la mirada. Solo imaginarlo le dolió el pecho.
—Ya entendí. Te cuelgo.
Si aparecía alguien más para provocar a Sania… tampoco era imposible.
Hasta ese momento, Marco seguía creyendo que Sania solo estaba enojada con él.

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