El auto que dejaron en el descampado explotó, y la policía llegó y la agarró en pleno.
Con pruebas claras, planear un asesinato, aunque fuera fallido, le sumaba años y años. Pasaría más de diez en la cárcel.
Evaldo quería meterla y que no volviera a salir.
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En el camerino, Tatiana le dijo a Sania, misteriosa:
—Yo venía en el carro de atrás. Vi que del otro lado se llevaron a alguien con la policía.
—No le vi bien la cara, pero era una mujer.
Sania casi de inmediato lo supo: tenía que ser Noa.
Se obligó a calmarse, aunque por dentro tenía esa sensación rara de haberse salvado por un pelo.
Y él lo había calculado todo. Ella estaba ilesa. La boda seguía.
—Sani, ¿estás bien?
Sania negó con la cabeza.
—Sí… solo siento como si estuviera soñando.
La ceremonia empezó.
Sandro Camoso saludaba a todos con una sonrisa. Le echó un ojo a su hijo mayor.
—¿Y tú por qué no trajiste a tu novia hoy?
Roque Camoso se veía tranquilo.
—Hoy le tocó trabajar. Dijo que llegó auditoría. Me pidió que le dijera eso.
El viejo, que todavía tenía dudas, respiró un poco más tranquilo.
—Y tú deja de ser tan frío. Aprende a fijarte en la gente. Si no, se te va a ir la novia y ahí sí vas a llorar.
Roque, como si le hubieran tocado un nervio, se molestó.
—Papá, ¿no puedes desearme algo bueno aunque sea?
Iván Camoso, que acababa de ser paje, se veía triste.
—Papá, hace mucho que no veo a la Sra. Ramona.
—Sí. Luego te llevo a verla.
—¿De verdad?
—De verdad.
Roque volvió a sonreír, pero por dentro traía mala intención.
Llevar a tu hijo a verte… seguro te sacude otra vez esos recuerdos que perdiste.
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El ritual salió perfecto. Después de intercambiar anillos, Evaldo se acercó un paso.
—¿Sigues asustada?
Sania negó.

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